Ligorio amaba a Perlita ... y al Talgo.
     Cada día, al salir de clases, corría hasta el puente del olmo viejo para ser fiel a su cita; para verlo pasar como una bala: refulgente, orgulloso, imparable.
     Cierta mañana, Ligorio optó por confesar sus amores a Perlita. Le dijo que la llevaría a la capital; allí tomarían el Talgo; luego verían pasar el pueblo como una exhalación insignificante ante sus ojos mientras ellos –indiferentes, veloces– seguían adelante, hacia su destino. 
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     Aquella misma tarde, Ligorio decidió lanzarse a las ruedas del tren como se había arrojado a los pies de Perlita, para ser arrollado por él como lo había sido por ella.
     Pero se quedó esperando, nuevamente rechazado.
     Y es que aquel día, al Talgo, le dio por ser puntual.

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