A menudo se menciona el fascismo y sus horrores para dar más lustre a la democracia que disfrutamos. Casi sin excepción, el tema lleva a los nazis y, de allí, lógicamente, a Hitler.
     Quienes tal invocan pretenden evidenciar la abismal diferencia que separa un régimen de otro, hacernos palpar la suerte que nos bendice frente a la pesadilla que podríamos padecer. 
     Seguro que, mayormente, llevan razón. Pero siempre me ha intrigado el inevitable olvido de que Hitler accedió al poder porque ganó unas elecciones democráticas.
     No parece lícito aquí invocar como consuelo el que los electores fueran engañados: tras la victoria, el discurso nazi no cambió en esencia; simplemente, se convirtió en hechos. Cierto que hubo alguna jugada poco limpia.
     Pero, aun admitiendo como verdadero que el pueblo hubiera sido víctima de un gran fraude o embaucamiento, ¿sería ello, en términos sociológico-histórico-políticos, realmente un alivio?

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