(Aviso: no aplicable a Zaplana)
     Supongo que un político es o al menos fue (incluso el más corrupto) un ser vocacional; alguien que decide dedicarse a defender aquello en lo que cree.
     Paradójicamente, lo primero que debe aprender y aprenderá (incluido el más honesto) es a defender, con profesional poder de convicción, justo aquello en lo que no cree.
     No debe de radicar ahí, por tanto, la diferencia sustancial entre unos y otros, sino más bien en que los primeros se olvidan por completo de por qué empezaron en esto, mientras que los segundos mantienen vivo el recuerdo, aunque sea de manera vaga e intermitente.

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