EL QUE ESTÉ LIBRE DE PECADO...

            Con frecuencia me pregunto el porqué del éxito de programas como Tómbola y otras secuelas.
           “La gente es cotilla...”. “La gente quiere saber de la vida de los demás...”. Son éstas, y otras del estilo, explicaciones repetidas y aceptadas en las charlas de café.
           Sin embargo, pese a parecer obvias, o quizá por ello, nunca me han dejado del todo convencido.
           Mas creo haber dado con la respuesta. A mí al menos, cuando se me ha ocurrido, me ha parecido clara, incuestionable; la pieza que hacía encajar el rompecabezas, la llave que abría las siete puertas, el concepto que daba sentido a todo el resto.
           Lo que la gente quiere no es saber, menos aún saber la verdad. Me refiero a que no es esto lo importante. Lo que la gente quiere en realidad es juzgar.
           En el momento de alumbrar esta conclusión la he tomado por un gran éxito, todo un logro del análisis sociológico y la psicología de masas.
           
Pero enseguida he sabido que sólo era (de ser algo) un paso corto en un largo camino. Salvado un obstáculo me daba de bruces con otro. Respondida una pregunta se abría desafiante, puñetero, un nuevo interrogante: “¿Y por qué quiere la gente juzgar al prójimo?”.
            Tal vez les hace sentirse Dios, tal vez es un descargo de sus propias culpas, tal vez les alivia de su miseria moral el hecho de verla en otros de mejor fama y fortuna... ¡qué sé yo!