ESPERANZAS

           

            Los bebés son como la música de Mozart: luminosa, vital, rezumante de esperanza.           
            Pero luego crecen, y aprenden a recelar de su prójimo, como un adulto. Y comienzan a codiciar sus bienes, o a envidiar su fama, o su felicidad. Y acaban temiéndole y odiándole, como un adulto. Y se convierten en seres oscuros y mezquinos...
           
           
Entonces, un nuevo bebé viene a sacudir sus vidas. Y les sonríe con su boca sin dientes y la mirada limpia. Les sonríe sin motivo, sin pedir nada a cambio, porque sí. Y el corazón se les enternece y piensan, por un instante, que La Salvación es posible. Pero será en la próxima generación. Para ellos ya es tarde.
           
             Y así se repite, año tras año y siglo tras siglo; hombre tras hombre y generación tras generación.
             Es la eterna esperanza bailando con la eterna decepción: reiterativas, tozudas, empatadas.

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