LA ABUELA

Guanyador XXXVII Concurs Literari "Sant Jordi"

(Ulldecona, Juny 2008)



A Julio Bronchal, padre.


El comienzo de la primavera

Como cada Domingo de Ramos, sus padres le enviaban a casa de la abuela, en el barrio antiguo, para que pasase allí la Semana Santa y la Pascua.

Era como si se marchara al extranjero, o a la guerra. Maleta, abrazos, consejos; incluso alguna que otra lágrima.

El SEAT 600 hacía el trayecto en menos tiempo del que tardaban en cargarlo.

Aquel ritual conseguía, no obstante, que él tuviese realmente la sensación de irse muy lejos, y por mucho tiempo.

Para Luisito, aquel era el auténtico comienzo de la primavera.

Al llegar, indefectiblemente, la abuela estaba en el balcón, impaciente y excitada, pese a ser de natural seco. Vivía en la planta superior de una finca de una única altura, sola con su hermana mayor, anciana ya, impedida: la tía soltera.

Cada año, sin falta, el encuentro se producía en el umbral de la puerta superior, desde donde acababa de accionar el mecanismo para abrir el gatillo de la de la calle; un simple tirón de la cuerda, guiada por poleas hasta la planta inferior, franqueaba el acceso a otro mundo.

Desde allí abajo, Luisito podía intuir la silueta de la abuela al cabo de la estrecha, empinada y oscura escalera. Subía siempre con una mezcla de ansiedad y temor, sin soltar el pasamanos de madera, tan gastado por el uso que el tacto le parecía lo más fino y suave que pudiera existir en el mundo. Su madre, tras él, le empujaba con una suerte de prisa nerviosa. El padre cerraba la comitiva, cargando los paquetes.

     - ¿Cómo está mi pocholo? -decía la abuela pellizcándole un moflete y dándole un sonoro beso en el otro.

A él le incomodaba un poco aquel recibimiento. El manoseo le producía cierto reparo y, aunque no sabía muy bien qué significaba el término, le sonaba un tanto ridículo, pueril. Empezaba a considerarse mayor.

     - Un beso, mamá.

El padre no decía nada. Por el camino ya había advertido a su esposa:

     - No lo hagas largo.

     - Pero si nunca estamos más de cinco minutos -se quejaba la madre.

     - Bueno, por si acaso.

Pasaban todos al salón. La tía esperaba recostada, entre cojines, en el sofá. Casi siempre estaba en su cuarto, tendida, pero el día y la ocasión merecían el extra. La hemiplejia le provocaba una parálisis facial que hacía que su rostro mostrara una perenne media sonrisa y el lagrimeo constante de un ojo. Sin embargo, Luisito estaba seguro de que, cuando él llegaba, el gesto era de contento y el llanto de felicidad. A veces, cuando se excitaba, le daba como un tic pertinaz y la pierna derecha, normalmente inmóvil, comenzaba a dar unos saltitos rebeldes, cómicos.

Besos y saludos varios daban paso a una trivial conversación sobre el mal tiempo que había hecho aquel invierno, lo caro que se estaba poniendo todo, lo crecido que encontraban al niño, o lo buenas que eran sus notas.

     - ¿No os sentáis?. Había preparado unas pastas.

     - No, mamá. He dejado a las niñas con una vecina, y ya sabes que no me gusta abusar.

Las hermanas de Luisito eran menores que él, unas mocosas que no merecían el honor de ir a casa de la abuela como residentes. Las pequeñajas, solía llamarlas, orgulloso.

     - Bueno, pues os envuelvo unas pocas.

     - Déjalo, mujer, de verdad.

     - Si será un momento -decía de camino de la cocina, de donde volvía al poco con un fardo de papel marrón. Un tenue perfume de canela se escapaba del paquete.

Por fin, de nuevo a la puerta del piso, últimas advertencias de la madre.

     - Pórtate bien y no hagas rabiar a la abuela.

     - Sí, mamá -respondía él, molesto.

Luego veía bajar las estrechas, empinadas y oscuras escaleras a sus padres. La abuela volvía a dar un tirón del extremo de la cuerda y el pestillo del portal soltaba un chasquido seco que subía, por el túnel rectilíneo que formaban las paredes, la bóveda del techo y los escalones, como si fuese el reflujo de la onda lanzada un segundo antes.

Antes de que cerrasen la puerta, una breve carrera hasta el balcón, para ver cómo se alejaba el coche, la madre lanzando besos al aire y agitando su mano por la ventanilla, hasta doblar la esquina de la calle Rambla.

Siempre se quedaba un tiempo después de que se perdiesen de vista. Miraba, por entre los barrotes verticales de la barandilla de hierro, el vacío dejado por el utilitario en el recodo.

     - Luisito, entra, que te enfriarás -le decía la abuela, y tenía razón: la orientación norte de la fachada y la estrechez de la calle no ayudaban a caldear el ambiente.- Vamos a merendar.

El chocolate ya humeaba y la mesita del salón estaba dispuesta.

Aquella primera noche, como siempre, la pasaría probablemente en vela. La novedad, el cambio de lecho y un indefinible temor le impedían conciliar el sueño.

Sin embargo, pese a todo, y aunque no lo exteriorizase, se sentía feliz.

Así empezaba, cada año, su estancia en la casa de la abuela.

 

La casa de la abuela

Allí los suelos eran del todo irregulares. Ladrillos que se movían, valles y colinas como dunas de una playa, constituían el piso. Las baldosas hidráulicas del pavimento formaban aguas en colores verdosos, lo que aumentaba la sensación de estar andando sobre el mismo océano. El muchacho se quedaba a menudo observando sus dibujos caprichosos hasta que parecían empezar a encarnar animales, personas u objetos en un baile sinuoso e infernal.

Techos y vigas de madera presentaban un grado de combadura que, en algunas estancias, era inverosímil.

Las paredes blancas, coloreadas por el tiempo de un desvaído ocre que adquiría tono con la altura, semejaban la piel de una persona y no parecían en absoluto planas, ni verticales.

La penumbra permanente creaba formas cambiantes, indescifrables.

Algunas veces, Luisito tenía la impresión de que la casa era como un ser vivo, de que se hallaba en el interior de un estómago.

La escalera se adentraba en paralelo al salón por lo que, para acceder a él había que dar media vuelta a la derecha, tras franquear la puerta de entrada al piso. Una recia mesa de comedor con seis sillas labradas ocupaba el centro y dificultaba el paso hacia el tresillo, tapizado en tela de rayas, y el balcón. Una vitrina y algunos cuadros completaban el mobiliario.

Aquel salón era la única habitación que respiraba cierta alegría: por el balcón entraba algo de luz y sonidos de la calle. El resto, escondido del mundo, permanecía en un estado de penumbra y silencio casi absolutos, casi eternos.

Un perchero junto a la puerta y una cortina que colgaba del techo era lo primero que se veía al llegar arriba. Ésta partía el recibidor y aislaba un tanto la zona de visitas de todo lo demás. Traspasada esa barrera, comenzaba un universo aún más insólito.

En aquel reino de las sombras, las lámparas de filamento incandescente eran una exigua pero imprescindible ayuda en los quehaceres diarios. Cables trenzados, retorcidos sobre sí mismos, recorrían paredes y techumbre como nervaduras resecas de un cadáver; ora se escondían en el interior de interruptores blancos como cebollas de porcelana ora se enfilaban a los techos para sostener en sus extremos tímidas bombillas colgantes, desnudas, de 125 amarillentos voltios.

Las mujeres compartían alcoba. Dos camas enormes, junto con el armario, que a Luisito le parecía un coloso, ocupaban prácticamente todo el espacio útil de aquel cuarto interior, con un cristal traslúcido sobre la puerta para dejar pasar algo de luz desde el corredor.

Frente a su puerta, la del único retrete. Pequeño, como casi todas las estancias, contenía el inodoro, cuya cisterna tardaba siglos en llenarse; el lavabo, con un grifo de latón que estaba demasiado elevado y demasiado duro para el chico; y una ducha sin plato, que sonaba como los taladros de un derribo y hacía vibrar todo el inmueble cada vez que la usaban.

La puerta de la cocina completaba el rectángulo, frente a la del salón. De dos hojas, con vidrios granulados, reclamaba también una porción de la escasa luz que llegaba desde el exterior, por el balcón, tras atravesar el salón y los flecos de la cortina del recibidor.

Era esta pieza la más amplia y extraña. Una pared estaba ocupada por un banco de ladrillo rojo con un zócalo del mismo material. Sobre el banco, dos fogones, y una pila oscura de aglomerado de obra que parecía hecha con morcilla de arroz. Justo por encima, una estructura de madera, fijada a la pared, hacía de escurridera. Cortinillas de cuadros diminutos en blanco y grana colgaban, del banco hasta el suelo, pendientes de un riel que no era más que un alambre forrado y sujeto al forjado de la bancada por tornillos de palomilla. En la pared enfrentada, una alacena, como un relicario al Patrón de la Mesa Humilde, una hornacina dedicada a las sufridas vajillas de porcelana descascarillada. Entre ambos muros, una cumplida mesa camilla vestida de grueso manto, con un brasero de carbón encastrado en su pie.

Allí se comía, por la mañana, a mediodía y por la noche, siempre de caliente, siempre en platos resquebrajados, de diferentes juegos; sólo los cubiertos, de alpaca, parecían ser todos hijos del mismo padre. También allí, alrededor de la mesa, los faldones sobre las rodillas, la estufa en funcionamiento, se quemaban las horas insulsas de la sobremesa con unas cabezadas o unas partiditas a la brisca.

Un despertador metálico, grande, que la abuela solía llevar de aquí para allá y al que daba cuerda a menudo, tapaba los silencios, a veces incluso las palabras, con su sonoro cloc-cloc, monótono cacareo del tiempo resbaladizo.

     - Baraja, Luisito, pero no dobles las cartas.

     - Deja, abuela, que yo ya sé.

Casi al lado, un par de sillones bajos y una mesilla que sostenía una vieja radio de válvulas, con su carcasa de madera con molduras, su tela satinada sobre el altavoz y sus enormes ruedas para los mandos del volumen y el selector de frecuencias, completaban la estancia y la habilitaban como salita de estar.

            Pero lo más curioso de la casa empezaba precisamente allí, en la pared del fondo de aquella cocina-salita. Del rincón sudeste partían unas breves y extrañas escaleras, en forma de L; con pasamano de obra, daban acceso a la buhardilla, formada por el cuarto de Luisito y una especie de desván. Este último nivel del edificio comenzaba a media altura del anterior y partía el espacio de la salita, horizontalmente en dos, dejando el rincón de los sillones y la radio en una especie de pequeña caverna que, cuando conectaban el aparato, semejaba un íntimo altar. Las luces de las válvulas de vacío, saliendo por la trasera del armatoste herciano, daban al conjunto una estampa de capilla mariana, de ermita erigida para veneración de alguna Virgen aparecida.

            Por tanto, la habitación de Luisito venía a estar en voladizo, como flotando sobre la cueva santa.

Su cama era alta, el techo, bajo. Cuando se acostaba tenía el techado de cañizo a medio metro, así que, por las noches, podía oír las delicadas pisadas de seres misteriosos deslizándose sobre él; los crujidos de las vigas como retortijones de un vientre mal alimentado; los zureos de las palomas, susurros de espíritus en la lengua de los muertos.

Junto al lecho había una mesilla de noche de patas largas y delgadas. Cuando la abuela lo acompañaba a la cama y, antes de despedirse, lo tapaba bien, le dejaba el orinal bajo el somier y un vaso de agua sobre la piedra de mármol de la mesita. Sin embargo, él no se atrevía a tocarlo, tan inestable consideraba el equilibrio de aquel famélico mueble. En cierta ocasión llegó a soñar que corría por un túnel infinito perseguido, a galope tendido, por la mesilla convertida en un engendro entre jirafa e insecto.

Cuando, a media noche, se levantaba para orinar, el tacto frío del suelo le hacía estremecerse. Buscaba a tientas el bacín, con prisa, con temor. Luego aflojaba el esfínter para aliviar la vejiga y notaba cómo el recipiente iba adquiriendo temperatura a medida que se iba llenando. Por el sonido podía, además, imaginar la expansión blanca, espumosa, que sin duda estaba creciendo en la superficie del líquido dorado; como las claras batidas que hacía la abuela para su famosa torta. Aquello le relajaba un poco y le hacía olvidarse de la oscuridad, de los ruidos extraños y, sobre todo, de la mancha blanquecina que reflejaba la única ventana del cuarto sobre la pared. Al finalizar, un escalofrío y una sacudida brusca; depositaba precipitadamente el orinal en su sitio y saltaba, felino, a blindarse bajo mantas y sábanas.

El ventanuco, por el que apenas hubiera él cabido, se asomaba al hueco que formaban las casas de la manzana. A veces, subido a una silla de enea, sin atreverse a sacar la cabeza, trataba de ver, de adivinar, lo que había allá abajo, en el patio del afilador; mas sólo alcanzaba a distinguir el verdín de las húmedas paredes y las bajantes de aguas sucias y canalones de cinc, festoneados de musgo en cada codo o empalme. La abuela solía abrirlo cada mañana, cuando venía a despertar a Luisito, permitiendo la entrada de un poco (muy poco realmente) de sol y aire fresco.

     - Buenos días, hijo.

     - Buenos días, abuela.

     - ¡Venga!. Arriba los corazones.

Después lo incorporaba en la cama y le hacía tomarse la leche caliente que le acababa de traer, mientras ella le sacaba la muda para el día. A continuación se llevaba el vaso de leche, vacío, el de agua, intacto, y el orinal, lleno. A su vuelta, Luisito ya se había vestido y bajaba a lavarse y comer un par de tostadas: una con aceite y sal, la otra de mantequilla y azúcar; al mismo tiempo, la abuela sacudía bien el colchón de lana, aireaba las mantas y alisaba las sábanas. La costumbre había creado entre ellos una sincronización casi perfecta.

            Ya desayunado, la abuela lo peinaba bien y lo mandaba por el pan, al horno de la esquina. En realidad, era una forma de entretenerlo.

En la tahona, el olor de la masa horneada dominaba el ambiente y parecía impregnarlo todo de un luminoso optimismo matutino.

El panadero le deseaba un feliz día y le llamaba por su nombre. Él, muy serio, como concentrado, respondía:

     - Buenos días. Mi abuela dice que me dé lo suyo.

El hombre se reía.

Luisito dejaba sobre el mostrador el saco con las iniciales bordadas en rojo y esperaba. Después recogía el encargo y, sin preguntar el precio, le alargaba la calderilla que traía para juntar las tres pesetas: chavos de cinco y diez céntimos; a veces monedas de dos reales, sus favoritas, por el orificio.

Luisito estaba contento de poder ayudar a la abuela, pero, sobre todo, se sentía feliz de que alguien le confiase asuntos de dinero.

De vuelta a casa, dejaba la compra en el banco de la cocina y se despedía: ya podía bajar a jugar a la calle.


 

La calle

En aquel barrio de viejos edificios, bajos, gastados, que apoyaban su humildad los unos sobre los otros, todos los inmuebles eran similares y, sin embargo, distintos.

Tenían la cohesión de su mismo origen y circunstancias. Muros seculares de mortero, fachadas enlucidas hacía décadas, pintadas hacía lustros, castigadas desde entonces. Viviendas pobres, de escasa frontera; viviendas hacia dentro. Un estrecho balcón a la calle -dos o tres plazas de pie- y alguna ventana menuda, como únicos poros de una piel demasiado vieja, espieras de una vida al ralentí.

Luisito bajaba a la calle con total libertad por su parte y absoluta tranquilidad por parte de su abuela. El peligro era mínimo, por no decir nulo. Todos se conocían. La gente le saludaba y le transmitía recuerdos o mensajes para su abuela. El tráfico se limitaba a un vehículo a las mil, circulando a ritmo lento, inofensivo.

Con sus amigos de otros años formaba pandilla y se movían por el barrio. Jugaban a pelota, daban vueltas, entraban en casas abandonadas o simulaban batallas de siglos pasados en un solar cercano.

Todo era tan parecido año tras año, el reencuentro devenía con tal naturalidad, que Luisito tenía la sensación de haberse levantado de una larga siesta para reunirse con sus amigos de siempre, cual si se hubiera separado de ellos la tarde anterior. Los once meses y medio que en realidad habían pasado parecían desaparecer de su memoria, desvanecerse como si no hubiesen existido o como si sólo hubieran sido un sueño.

Las calles y callejones del barrio se convertían, de ese modo, en su único, su verdadero hogar. Él no lo sabía aún, pero aquella era su forma inconsciente, infantil, de decir que era allí, que era así, como quería vivir.

Sin colegio, sin obligaciones ni deberes, sin notas ni angustias, sin responsabilidades... sin crecer.

Moverse a su antojo, jugar con sus amigos, ayudar a la abuela en pequeñas cosas porque quería, presenciar los desfiles procesionales, espiar al afilador o contemplar el escaparate de la cuchillería.



La cuchillería

Un respetable cartel de elegantes letras doradas sobre fondo negro en cristal, como de espejo, explicaba "Boluda: Cuchillero-Afilador".

El escaparate, dividido en dos, formaba una especie de zaguán ante la puerta. A la parte izquierda, cuchillos, tijeras, hachas de carnicero... un tenue brillo anunciando su afilado tajo. A la derecha, una abigarrada colección de navajas de todas las formas y tamaños. Algunas intimidatorias, otras simplemente impracticables. Luisito se quedaba horas admirando los mangos como alfanjes sarracenos, el ancho de las hojas de acero vaciadas, los cromados de lomos y cierres. Ambos aparadores llegaban a una altura que no le permitía ver lo que pasaba en el interior del establecimiento.

Por el rabillo del ojo vigilaba la puerta y los movimientos del señor Enrique, hombre mayor, fornido, de escasa estatura, que usaba unas gafas de montura de pasta y cristales muy gruesos. Los miembros cortos y robustos, como apéndices abortados de su tronco de espaldas anchas, y su cabeza calva y gruesa, sin cuello, le daban un aire de carcelero de la Inquisición, de torturador profesional, de guardián de las puertas del Averno. Con su guardapolvo gris y su lápiz sobre la oreja derecha, pasaba la mayor parte del tiempo en la trastienda, haciendo sus cosas. Sólo cuando alguien entraba, la campanilla lo atraía hasta el mostrador. Despachaba sin ceremonia ni romances para volver a su indescifrable tarea en lo profundo del cubículo, antes incluso de que el cliente saliera por la puerta.

Luisito se preguntaba qué hacía el afilador tanto tiempo allá adentro, siendo que las piezas de su escaparate parecían estar perfectamente amoladas y siempre en idéntica posición. No podía haber tantos cuchillos en el mundo para tenerle ocupado de aquel modo. Pero que estaba afilando era igualmente innegable: desde la calle se oía perfectamente el alarido del metal contra la piedra esmeril.

Sus amigos le gastaban la broma de decir que el señor Boluda, que había sido matarife, tenía una enorme guadaña que afilaba constantemente para degollar a los mocosos que se atrevieran a entrar en su negocio; que más de uno había ya desaparecido tras haber sido visto por última vez a su puerta; que cualquier noche se treparía desde el patio hasta el cuarto de Luisito para abrirlo en canal como a un gorrino. Él no sabía bien dónde acababa la broma y comenzaba la realidad.

Como resultado de la mezcla entre la fascinación que le producía el brillo de los metales expuestos, las formas únicas de las facas y cuchillas, y el pánico que el tendero imprimía en su ánimo, la contemplación de aquellas maravillas de la forja la realizaba siempre a cierta distancia y con cierta prevención. Permanentemente atento a cualquier posible artimaña del despiadado carnicero, jamás osaba pisar siquiera el zócalo que hacía de linde entre su propiedad y la acera y sobre el cual, cada noche, el señor Boluda dejaba caer una persiana metálica sin resquicios, opaca red para atrapar niños incautos.

Suponía, para las víctimas del señor Enrique, padecimientos inenarrables. Los imaginaba superados por inhumanos dolores, entregados, resignados a su suerte, con el mismo sereno gesto de aceptación mística que podía ver aquellos días en los Cristos de las procesiones.


 

Las procesiones

Durante la Semana de Pasión, los desfiles se sucedían a diario, casi siempre por la noche, a veces de madrugada.

A menudo le cogían acostado. No obstante, si la hora no era demasiado intempestiva, la abuela le permitía levantarse, bien abrigado, para contemplar el paso de los nazarenos desde el balcón. Embozado en la bata del difunto abuelo y con un gorro de lana, que la propia abuela le había tejido años atrás, podía perfectamente haber pasado por un penitente más.

Su hermandad favorita era el Cristo en la Cruz, aunque todos la llamaban el silencio, porque no hacían más ruido que el de sus tambores. Una legión de encapuchados en verde y negro, repartidos en tres filas, avanzaban despaciosa y sinuosamente. Punto en boca y mirada al frente, ensimismados, concentrados sólo en su propia liturgia -entre militar y mística-, pasaban calle abajo. Unos llevaban antorchas que soltaban un denso humo oscuro y apestaban el ambiente. Otros aporrenaban bombos y timbales de madera con parches de piel tensada por cuerdas, marcando el ritmo a la comitiva; levantaban, con perfecta sincronía, solemne y exageradamente las mazas. Entre ellos, espaciados, algunos arrastraban cruces, simples y bastos maderos entrelazados con gruesa cuerda de esparto. Aún quedaban los que portaban, a dos manos y ayudados por un arnés, de anchas correas de cuero en bandolera, unos mástiles verticales de más de tres metros; de ellos colgaban, a modo de pergamino, unas telas pardas sobre las que se podían leer frases en latín que Luisito, por supuesto, no comprendía. El atuendo era como un austero sudario, una humilde mortaja en tela basta, como de saco. Sin brillos, sin dorados ni bordaduras, ajustada a la cintura por una maroma con nudos al estilo franciscano, tan sólo una cruz verde, cosida sobre el pecho en un tejido idéntico, rompía el estricto luto. Por debajo asomaban pies descalzos o con la única protección de rústicas alpargatas. Las capuchas, cortas, sin cucuruchos que las mantuviesen erguidas, dejaban caer sus puntas a un lateral de las cabezas; las aberturas para los ojos, tan redondas, les daban un aspecto de verdugos impasibles y conferían un aire más siniestro, si es que esto era posible, a la escena. Cerrando la hermandad, más de treinta costaleros marcaban el paso junto al resto; compartían, soportando sobre sus hombros, todo el peso de un Cristo crucificado, macizo, de madera y de dolor; Cristo-Hombre, Cristo-Sacrificado, Cristo-Muerto que, no obstante, parecía querer exhalar un postrer aliento danzando al ritmo sordo de las percusiones. El efecto dramático del conjunto era, sin duda, impresionante.

Pero, sin embargo, el paso que con mayor deleite contemplaba Luisito, el que esperaba con más sincera inquietud era el de La Soledad. Esta preferencia se debía, exclusivamente, a la imagen de la Virgen, protagonista absoluta de la escena. Bajo palio, cubierta por un manto de negro terciopelo, rodeada por centenares de enhiestas candelas, blancas como su faz, parecía deslizarse, levitar sobre todas las miserias del mundo. Casualmente, al paso por casa de la abuela, el rostro compungido de madre impotente, sobrepuesta al horror de haber sosteniendo en sus brazos el cuerpo sin vida de su hijo martirizado, quedaba levantado justo en la dirección del balcón. En aquel instante fugaz, Luisito tenía cada año la verídica sensación de que María, transfigurada, le estaba mirando a él; con aquella mirada implorante, llena, en su dolor, de infinita ternura, de infinita comprensión, de amor infinito. Era como si la madre de todas las madres fuese sólo suya en aquel momento mágico. Y aquella posesión le emocionaba.

     - Mira, Luisito, qué guapa está la Virgen -le decía entonces su abuela.

     - Es verdad, es verdad -susurraba él, transportado.

En la pandilla pleiteaban, por aquellos días, acerca de cuál era el mejor paso. Unos preferían El Sepulcro, porque era el más numeroso; otros se decantaban por La Dolorosa, porque daban más y mejores caramelos; también los había del San Pedro, por su bella y lujosa indumentaria... Luisito, en estos casos, jamás confesaba su verdadera inclinación, un poco por vergüenza, un poco por miedo a romper el encantamiento, un poco por el temor de que compartirlo fuese como perder su exclusividad. Entonces se declaraba seguidor acérrimo de el silencio, lo que no era del todo falso. Esto provocaba la burla de los demás, amigos del oropel más que de lo austero y que tampoco le encontraban sentido a tragarse un desfile religioso si no obtenían algo a cambio. Él aducía la puesta en escena, la perfección del toque o el rigor de la uniformación. Y la contienda sobre los gustos procesionales de cada cual daba comienzo, tan razonada como irracional, tan apasionada como estéril. Era casi lo mismo que cuando discutían de fútbol.

El viernes, el punto álgido de aquella teatral y fantástica semana. Tras una breve sobremesa, obligada siesta en cama. La tarde prometía ser larga y llena de emociones. Las fuerzas debían estar a la altura.

Al filo de las cinco, la abuela iba por Luisito a su cuarto. Repetían casi la actuación de por las mañanas. Luego salían juntos, bien pulidos ambos, para hacer las estaciones.

Esta especie de ruta penitente, establecida al albur de cada cual, provocaba a aquellas horas un auténtico torbellino de gente, una procesión del caos, idas y venidas en masa. Mujeres enlutadas, con mantillas. Hombres de traje gris o marino. Niños endomingados, con el pelo relamido, comedidos, recatados, irreconocibles, cogidos de la mano de sus madres. Pese a todo, un respetuoso silencio. Los adoquines de las calles, ocultos bajo un manto vegetal, tenían un tacto extraño. Ramas de ciprés, de mirto, o lentisco, exhalaban aromas de campo que se mezclaban con los perfumes de las señoras y las colonias de los caballeros.

Entraban en una iglesia, con sus portones excepcionalmente abiertos, y los rezos susurrados por decenas de fieles les envolvían como un crujir de hojarasca. En algunos de los templos, imágenes ya preparadas para desfilar saludaban a los visitantes, cual si les concediesen audiencia. Nuevos olores se unían a los de la calle: incienso, cera ardiente, densas vaharadas de humanidad, las flores que adornaban las andas... Luces rojizas o amarillentas, titilantes, reflejaban sus trémolos sobre fríos muros de piedra gótica o barrocas paredes de doradas escayolas. La abuela se arrodillaba y comenzaba a pasar las cuentas de su rosario mientras movía imperceptiblemente los labios. Dios debía tener muchos y muy finos oídos, pensaba el muchacho. Luisito, a su modo, la imitaba. Turbas de gente seguían entrando y saliendo, arrodillándose y levantándose, santiguándose o dándose golpes en el pecho, mirando al suelo o a la bóveda de crucería. Había algo orgiástico en todo aquello: la abuela lo vivía con devota inflamación; él, con una mezcla de gozo y asombro.

Tras la séptima visita, regresaban a casa, a punto para la Procesión General. Habían pasado más de dos horas. A lo lejos se escuchaban ya los tambores acercándose. Luisito subía a merendar ligero y regresaba a la puerta de casa, donde, antes de salir, habían colocado dos viejas sillas atadas entre sí. Allí podría presenciar todo en primera fila. La mayoría de los vecinos había hecho lo propio. Grupos de asientos trabados o ligados entre ellos y a barrotes o relieves de las fachadas hacían las veces de reservado. Era fácil distinguir cada grupo, pues solían formar conjunto. Sólo ante la cuchillería del señor Boluda se mantenía un hueco que ocuparían algunos transeúntes de pie, espectadores ocasionales, probablemente forasteros.

La abuela bajaba más tarde, cuando la primera hermandad estaba ya desfilando ante la casa. Se había quedado a arreglar y acomodar a la tía en el balcón, para que pudiese también disfrutar del espectáculo. No permanecía mucho, sin embargo, en su asiento. Volvía junto a su hermana para atenderla lo mejor posible. Luisito las saludaba desde abajo. Las sombras del crepúsculo empezaban a dominar en el callejón. La noche iba in crescendo.

Amontonaba los caramelos que los encapuchados iban poniendo en sus manos y siempre daba las gracias. Revisaba de arriba abajo las vestiduras de los nazarenos, las escenas que portaban en andas o en carroza y los militares que, con uniforme de gala, escoltaban algunas de ellas. Escuchaba las bandas, el ronco y monolítico golpeteo de bombos y tambores en curioso, casi cómico contraste con el agudo, nasal y prolongado quejido de las desafinadas cornetas. Admiraba divertido sus uniformes recargados de charreteras y galones. Observaba sus mejillas infladas, su gesto constreñido y el color de sus rostros ascendiendo, imparable, hacia un rojo encendido cada vez que sostenían una nota aguda y temblona. Al dejar el relevo a la percusión, sus labios delgados mostraban ufanos un anillo blanco en el centro, prueba irrefutable de su entrega y sacrificio.

Casi al final de la procesión, cuando se aproximaba el silencio, Luisito empezaba a ponerse nervioso. Sabía que, dos pasos después, venía su Soledad. Apenas finalizaba el Cristo en la Cruz, Luisito, todavía los pelos de punta por el estruendo de la tamborrada fúnebre que acababa de desfilar a un palmo de sus narices, subía a casa pretextando cualquier cosa:

     - ¿Eres tú, hijo?.

     - Sí, abuela. He venido a dejar los caramelos. Tengo ya muchos y se me caen -se justificaba sin que nadie lo hubiera exigido. Y salía al balcón.

De manera inconsciente presentía que el efecto que le produciría el paso de su Virgen no sería el mismo desde la calle. Se preparaba, tembloroso, para el gran momento.

     - ¿Tienes frío, Luisito?. Estás tiritando.

     - Un poco.

     - Te traeré la bata.

Aprovechaba para lavarse los ojos y orinar. Tenía el tiempo justo, pero quería estar despejado y bien dispuesto para gozar sin trabas del arrebato místico que le esperaba.

Cuando la Virgen, seguida por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, que cerraban la procesión, ya había pasado, él se quedaba un rato mirando al vacío, como el domingo anterior al coche de sus padres, por entre los barrotes de la barandilla.

La abuela, mientras, se llevaba a la tía a la cama y bajaba por las sillas de la calle.

Para Luisito, aquel era el último acto del drama sacro. El sábado y el domingo se celebraban vigilias y otros eventos religiosos y festivos. Pero los ignoraba. Ni siquiera el encuentro, la mañana del Domingo de Resurrección, en la Plaza Mayor, no lejos de la casa, le atraía lo más mínimo. Pese a que tenía fama de espectacular y luminoso en toda la comarca, para él, su final era mucho mejor.

A partir del lunes de Pascua comenzaba otra semana, otra historia. La pasaría, como cada año, a base de meriendas de mona y chocolate, en casa de los amigos.

Y, como cada año, llegaría el lunes de Sant Vicent. La hora de la despedida.


 

La hora de la despedida

La mañana de aquel lunes conclusivo la abuela le dejaba más tiempo en la cama. Sabía que habría pasado mala noche. Trataba de algún modo, inútil, ilusorio, de alargar la estancia de Luisito.

Aunque repitiesen el ritual de todos los días, la tristeza les hacía hablar menos y más quedo.

A media mañana la abuela le proponía:

     - ¿Me ayudas a hacer el cambio de armarios?.

     - Claro, abuela.

Y se ponían manos a la obra.

Subían a la buhardilla, donde el desván. La abuela abría los baúles semivacíos, algunas colchas y sábanas en su interior, y las dos hojas de la puerta de un profundo armario empotrado. Sacaba vestidos ligeros, con dibujos floreados, vestidos que jamás Luisito le había visto ponerse. De las ropas se desprendía un suave aroma alcanforado. Al cogerlas, de algunas prendas caía un ramillete de espigas de lavanda y entonces el perfume se hacía más intenso. Luisito tomaba aquellos ropajes de manos de su abuela y los llevaba a su cuarto, contiguo, para depositarlos sobre la cama. Por el camino, los acercaba a su nariz y aspiraba con delectación.

Luego bajaban a la alcoba de las mujeres y hacían lo propio. La tía, mientras, tomaba el fresco en el sofá, junto a la puerta del balcón.

La abuela doblaba con maestría las mantas más gruesas, colocando entre sus pliegues bolas de naftalina, envueltas como engañosos caramelos de olor punzante. A veces, les hacían estornudar.

     - ¡Jesús!

     - Gracias.

Y entonces reían.

Abrigos, vestidos de invierno, sayas de franela, medias y camisones, tocas de lana, guantes y otras mil prendas insospechadas, desconocidas, iban saliendo del enorme armario negro como una procesión interminable de almas del purgatorio. La abuela se las pasaba a Luisito y éste las depositaba con delicadeza sobre las camas, tratando de separarlas por conceptos.

Después tomaban las frazadas y las trasladaban hasta el desván. El primer viaje siempre era éste. La abuela le explicaba que era mejor así. De ese modo dejaban para el final los trabajos menos ingratos. Tenía razón: las mantas eran lo peor de todo, por el peso y por el fuerte olor insecticida.

Luego la emprendían con el resto de la ropa. La abuela la iba colgando de la barra o depositándola, pulcramente doblada, en los estantes laterales. En ocasiones Luisito, en su afán de ser útil y eficaz, abarcaba demasiada de una vez y, esperando que la abuela acabase de despachar su propia carga, sentía cómo se le agarrotaban los músculos de brazos y espalda. Pero no se quejaba nunca. Le gustaba aquella operación no exenta de estrategia. Además, por unas horas se olvidaba del día que era: el día que sus padres vendrían a llevárselo.

De regreso a la alcoba, pasaban por el cuarto de Luisito y cogían la ropa que habían sacado del clóset (la buena mujer soltaba algunas moderneces de esta guisa) para llevarla al armario de abajo; así aprovechaban el viaje. La abuela lo tenía todo planeado.

Cuanto más se concentraban en la faena, más animados estaban.

Repetían los trayectos hasta que no quedaba nada que transportar y, orgullosos, daban por finalizado el trabajo.

Después de comer quedaba el tiempo justo para hacer la maleta y prepararse.

La escena de la partida presentaba identidades y simetrías casi perfectas con la de la llegada: la abuela ofreciendo unas pastas, la madre declinando la invitación y el padre sin decir nada. Ahora, la abuela entregaba y la madre recibía; y la maleta y Luisito bajaban, en lugar de subir.

     - ¿Cómo se ha portado el nene?.

     - Bien, mujer. Ya sabes que no da guerra...

     - ¡Ay!. Cómo se nota que no lo tienes todos los días -mientras se dirigía en pos de las escaleras.

Ya en el coche, Luisito se pegaba al cristal trasero para despedirse de su abuela hasta el último instante. Se sentía muy triste. De haber sabido lo que era, podría haber estado incluso deprimido. Pero no lloraba, por orgullo. Sin embargo, en su corazón sabía que le hubiese gustado hacerlo más que nada en el mundo.

Perdida de vista la casa, la calle y el barrio, Luisito se aferraba al perfume de espliego que todavía empapaba sus mucosas olfativas. Trataba desesperadamente de llevarse, para su otra vida, siquiera un pedazo de aquel mundo feliz.

Años más tarde se daría cuenta de que, en aquella época, el tiempo no existía para él o, al menos, no como lo sentiría después. Veraneos, cursos, Navidades o cumpleaños pasaban y, sin embargo, nada de aquello le producía sensación de transcurso. La vida no era secuencia, tan sólo imágenes, cuadros de un retablo que quedaban en su sitio aun cuando uno dejara de prestarles atención.

Únicamente los cambios de armarios en casa de la abuela, con sus efluvios de lavanda entretelada, le hacían sentir que dejaba algo atrás irremisiblemente; intuir, todavía de un modo vago, el verdadero, el inevitable paso del tiempo.



El inevitable paso del tiempo

Aquel año, cuando se despidió de la abuela, Luisito no podía sospechar que jamás volvería a verla con vida.

La abuela se fue sin molestar. En el horno de la esquina, mientras le despachaban el pan, sintió un mareo y cayó como una piedra. Nada más. Una embolia la había fulminado en un segundo, aquella mañana de otoño.

Tal vez si Luisito no hubiese visto el cuerpo delgado de su abuela, envuelto en un sayal, tendida sobre su lecho, los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho, la nariz más afilada que nunca, hubiera seguido indefinidamente esperando que sus padres le enviasen de nuevo a pasar la Semana Santa y la Pascua con ella.

     - Parece un pajarito dormido -sollozaba su madre.

     - Vuela, abuela, vuela -le decía él, llevado de un arrebato entre místico y ñoño, sin saber muy bien por qué.

El salón estaba lleno de gente enlutada que susurraba. Algunos pasaban a la alcoba y rezaban ante el cadáver.

Luisito recordó las estaciones que hacían juntos cada Viernes Santo y pensó que tal vez el año próximo sacarían la imagen de la abuela en andas, junto a la de la Virgen. Así ninguna de las dos estaría sola.

Sentía que sus pensamientos, al igual que el ambiente cargado de la cámara, se iban haciendo densos, como si adquiriesen consistencia material.

Desde la mesilla de noche le miraba, inexpresivo, como un ojo arrancado a un gigante, el despertador metálico, grande, que la abuela solía llevar de aquí para allá y al que daba cuerda a menudo. Las manecillas no se movían. Luisito comprendió de golpe.

El retablo estaba incompleto, roto; y era irreparable.

Mientras los hombres bajaban el féretro, con precaución, con peligro, por la estrecha, oscura y empinada escalera, el muchacho le prometió a su abuela que hallaría un modo.

No importaba cómo pero, cada año, volverían a encontrarse, al comienzo de la primavera.


FIN
Santiago Diaz i Cano

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