PATERNIDAD
(Tercer Premi al Certamen Literari Amics de la Poesia del Casc Antic)
 (Barcelona, 2008
)
A todos los padres


     Mi señora está preñada.
     Entra en casa, recorre el largo pasillo y se detiene en el umbral de la puerta del salón. Me mira con una sonrisa cómplice, aunque yo no sé de qué.
     - Estamos embarazados.
     - ¡Ah!. Qué bien -respondo con frialdad.
     Hace un mohín.
     - No pareces muy emocionado.
     - Pues claro que sí -le miento.
     Me levanto del sofá. Voy hacia ella.
     - Enhorabuena -le digo mientras la envuelvo en un abrazo blando, falso.
     Ella ha acertado de pleno: no he sentido emoción alguna; ni buena, ni mala.
     Que nadie piense que soy un insensible o un egoísta. Es sólo que mi mente aún no ha procesado la información recibida en toda su magnitud y alcance.
     Un concepto lleno de complejidades se esconde detrás de la, en apariencia, inocente frase de mi esposa. Para empezar, podríamos decir que ni siquiera es un concepto, sino dos: voy a tener un hijo; voy a ser padre.
     No es lo mismo. A menudo, ni siquiera están relacionados.
     Lo que quiero señalar, en definitiva, es que mi reacción inicial (o la ausencia de ella) no se debe a una apatía auténtica. Por así decir, el programa aún se está cargando; después habrá que ejecutarlo (soy de aquella época, yo).

*****

     Pero pasan las horas.
     Entonces todo cambia. Mi aparente indiferencia del principio se torna angustia. Las preguntas comienzan a mordisquear en mi cerebro.
     ¿Qué le diré del mundo?; ¿y de la vida?. ¿Con qué ejemplos le aleccionaré?. ¿Qué valores impregnarán su educación?...
     Podría recurrir al viejo y genérico “no quieras para el prójimo lo que no quieras para ti”. Podría tratar de imbuirle honradez, generosidad, sinceridad.
     Al fin y al cabo son las máximas que yo observo, las que me guían.
     O eso creo.
     Pero, ¿por qué?.
     Tal vez las hice mías sólo porque otros me las inculcaron. Tal vez enseñárselas a un hijo sea como cortarle una pierna justo antes de iniciar una carrera, como atarle un brazo a la espalda en mitad de una pelea.
     Quizá sea mejor que no le diga nada. Nada importante, se entiende. “Buenos días”, “buenas noches”, “lávate los dientes”, “vaya tiempo hace hoy”, y cosas por el estilo. Para cuestiones más trascendentes podría remitirle a mi esposa, que al fin y al cabo es su madre.
     De inmediato desecho este extremo. Está claro que eso no va a ser posible.
     Me lo imagino recibiendo su primer sopapo; llorando desconsolado; viniendo hasta mí para reclamar justicia, amparo. ¿Qué hacer entonces?. ¿Qué decir?. ¿Cómo escurrir el bulto en semejante circunstancia?. ¿Debería confesarle que aquello no es sino caricia comparado con las tortas y palos que le dará la vida?.
     ¿Y cuando sea víctima de la depredación de sus semejantes?. Despojado de alguna fútil pertenencia por otro niño más fuerte, desorientado, buscará reparación en su padre. ¿Cómo negarle el auxilio entonces?. Mas, ¿cómo auxiliarle?. ¿Acaso le consolaría saber que hasta la dignidad le robará el futuro?.
     Peor aún será su primer desengaño amoroso. ¿Cómo encajará el hecho de que su madre no fuera mi único, ni siquiera mi primer amor?.
     Pero, sobre todo, tiemblo al pensar en su mirada cruzándose con la mía el día en que pierda a un ser querido. ¿Cómo confortarle cuando soy yo el más desasosegado de los hombres?. ¿Cómo explicarle, si ni siquiera tengo yo claro que haya nada que explicar?.
     Cómo, qué, por qué...
     Por un instante siento un ligero alivio al pensar que aún falta algún tiempo para que todo esto acontezca. Quizá entonces ya me halle preparado.
     Huidiza y vana esperanza es, sin embargo, puesto que, como enseguida me obligo a recordar, desde los catorce años mi confusión no ha ido sino en aumento.
     Vaya, esto no sólo no mejora la situación, sino que la empeora notablemente.
     Siento un sudor frío. No me encuentro nada bien. Mi esposa ni se imagina cuan emocionado estoy en este momento.

***** 

     Hasta ahora había visto cómo amigos y conocidos pasaban por este trance sin mayor preocupación que el nombre que iban a poner a sus retoños; o el color de que iban a pintarles la habitación.
     ¿Por qué, en cambio, a mí me asedian la comezón y las dudas?. ¿Por qué su alegría y optimismo son en mí sombría preocupación?.
     De pronto, mi mujer me sobresalta:
     - ¿Qué estás cavilando, cariño?.
     - ¿Eh?. No, nada. Pensaba que, si es niño, podría llamarse como yo -le vuelvo a mentir.
     Aunque, quizá, sea cierto.


FI
Santiago Diaz i Cano

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