LA MANO
Tercer Premi al Certamen Literari de Contes i Llegendes Ateneu Cultural "ALBA-DIADA SANT JORDI" (Cunit, 2008)

     Desde pequeño tengo terror a la oscuridad absoluta. A la penumbra, no. En los claroscuros me las arreglo mejor, disipando los fantasmas de las sombras con la misma facilidad con que los creo. También siento una repulsión, mezcla entre asco y miedo, hacia ratas y cucarachas.
     Nada de particular, me temo. 

     Siendo un mocoso vivimos en un piso en el que el interruptor de la lámpara quedaba muy alejado de la cama. Casi cada noche, entrada la madrugada, sentía ganas de orinar, pero había de contenerme, incapaz de enfrentarme a los escasos metros que me separaban de la llave de la luz. Añoraba entonces aquellos conmutadores con forma de pepinillo que colgaban, al extremo del cable bifilar retorcido, sobre los cabezales de madera, en casa de mi abuela. 
     También recuerdo que, cuando mis padres se retiraban a dormir yo solía estar aún despierto, pese a llevar un buen rato acostado. Quizá estaba aguardando, temeroso, la llegada de ese momento. Entonces, al apagarse todas las luces, la claridad que entraba por debajo de la puerta desaparecía, substituida por una oscuridad sin fisuras. En ese mismo instante, me cubría hasta la cabeza con sábanas y mantas. Imaginaba seres monstruosos atacando mi posición. Pero también imaginaba sus garras y puñales doblándose, como si fuesen de papel, al contacto con la coraza que formaban mis ropas de cama. Eran mi fortaleza: hermética, segura. Y así me dormía. 
     Por las mañanas, atrapado aún entre la penumbra ambiental y la modorra de mi mente, al ir a ponerme las zapatillas, siempre miraba primero, de lejos, a su interior, convencido de que, durante la noche, una curiana las había tomado por cubil y estaba agazapada en ellas, dispuesta a defender su hogar de mis pies intrusos. Luego las sacudía golpeando la una con la otra y, finalmente, con cierto resquemor pertinaz me las calzaba para ir al baño a aliviar mi vejiga a punto de estallar. 

     De las ratas, por contra, siempre me he sentido a salvo en casa.
     Pero en la calle la cosa es diferente. Intuyo que, ahí fuera, la noche les pertenece. Noto sus ronroneos por el subsuelo, sus idas y venidas por galerías inescrutables.
     Cada vez que me muevo por la ciudad después del crepúsculo evito las bocas de alcantarilla. Imagino que de ellas van a salir, a mi paso, furtivas y veloces, para morderme como un relámpago y regresar impunes a la seguridad de sus trogloditas habitáculos. 
    
     Con la edad, estos temores han amainado, pero no desaparecido. Y en ocasiones, dependiendo de mi estado de ánimo, de las circunstancias, del lugar, vuelven con inusitada fiereza, con violencia desconocida a encastrarse en mi cerebro como un tumor maligno que creciese opresivo, dominador. 

     Pero además de éstos, y muy por encima de ellos, un pavor que juzgo más personal, o más familiar, casi diría que más íntimo, me invade a menudo.
     Recuerdo vivamente que mi tío Olegario, el soltero, pasaba largas temporadas en nuestra casa, acogido como si de un refugiado se tratase. Enjuto y larguirucho hasta lo inverosímil, solía referirme –como quien recita cuentos de princesas– historias de terror antes de dormir. 
     Murió anoche, el pobre.
     Han pasado veinte a˝os largos desde aquella Úpoca remota y, sin embargo, recuerdo vivamente tantas cosas de Úl... Su voz rasposa y profunda. Sus ojos hundidos y, al mismo tiempo, refulgentes en la penumbra. Pero sobre todo recuerdo como, una vez acabado el relato, antes de dejarme solo, se despedía siempre susurrándome un indefinido y preñado de misterio: “Que descanses... pero ten cuidado con la mano que acecha”.
     Desde entonces tengo el convencimiento de que, bajo mi cama, una mano exangüe vigila, a la espera de que apoye mis pies en el frío suelo.    
     Es su legado.
     Esa mano crispada, sujetando mi pierna por encima del tobillo, me corta la respiración y me quita el sosiego. Nada hay más allá de la mano, nada más allá de ese contacto brusco, indeseable. O, al menos, no me lo he planteado siquiera.
     Y tal vez sea eso lo más terrible.
    Mas hasta ahora se trataba sólo de una imagen furtiva en mi mente, una angustia psicológica a la que oponer otros pensamientos menos tormentosos.
     Pero hoy es diferente.
     Cuando, en mitad de la noche, me he sentado al borde de mi lecho, despreocupado, dispuesto a levantarme para ir por un vaso de agua, la he sentido; físicamente.
     No puede ser. Esto no debería estar sucediendo. Ni siquiera la había pensado.
     Pero no hay duda. Es ella.
     Estoy paralizado. No me atrevo a mirar y, sin embargo, la puedo ver: los tendones tirantes, los dedos enjutos, los nudillos azulados, prietos, retorcidos como los de un árbol viejo; y sus uñas largas, cárdenas, irregulares. Noto su relieve sobre mi piel. Parece como si su abrazo me hubiera llegado hasta los huesos.
     Me aprieta.
     Me duele.
     Ya sé. No me moveré. No haré ruido. Contendré la respiración. Tal vez así juzgue haberse equivocado y me suelte. Tal vez así pueda volver a echarme sobre la cama, taparme con las sábanas; escondido, a salvo...
     Mas no. La mano sigue ahí, aferrada a mi tibia, como si formase parte de ella. Creo que, si me la arrancasen en este momento, la marca de sus contornos quedaría indeleble en mi carne; tridimensional, para siempre.
     Estoy sollozando:
     - Dios, no es posible. ¡Que alguien me despierte!. ¡¡Debe de ser un sueño!!. ¡¡¡Tiene que ser un sueño!!!.

FIN
Santiago Diaz i Cano

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