L'OLOR DE LA MORT

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L'OLOR DE LA MORT 
(fragment del primer capítol)

Quasinovel·la guanyadora al XXIX Premi "Sant Jordi" 
( Sarrià de Ter, Abril 2009)
 

DIUMENGE, 24 (vesprada)


          Dona Esperança Benlloch va veure entrar el seu fill Jaume, tot sol, per la portella de l'horta, en la part posterior de la casa. Immediatament va sentir com una sotragada interior i una inquietud inexplicables. La va posseir una sensació estranya: era com si aquella escena l'hagués vista mil vegades, com si tota la vida haguera estat esperant-la sense atrevir-se a reconèixer-ho, com si ho hagués sabut des de sempre.

          Es va adreçar cap a ell:

  • - Jaume, fill, on és el teu germà?

          No va obtindre resposta. Va repetir la pregunta, col·locada ja quasi davant d'ell.

  • - Jaume, per l'amor de Déu, dis-me alguna cosa!

          Però el Jaume continuava avançant d'esme cap a l'edifici. No sembalva sentir sa mare. Pareixia, àdhuc, que tampoc no la veia. La seua mirada anava més enllà d'ella, més enllà de tot. Hom hagués dit que meditava, encara que també es podria haver inferit d'aquella actitud absent que per la seua ment no circulava cap engruna de pensament o idea.

          Es va interposar en el seu camí. El va detindre. Va aferrar els seus muscles amb totes dues mans i el va sacsejar molt suaument. Tractava de trobar la seua mirada, de penetrar en les seues tenebres. 
 

          El Jaume no es va resistir, físicament. Va aturar el pas en sentir la força. Va posar les pupil·les sobre sa mare. Seguia inexpressiu, estrany.

          Llavors va veure les taques de sang en la samarreta del xicot. Va sentir un arpada en les entranyes, la coentor de la carn esgarrinxada. Un rugit de fera perseguida, assetjada, ferida, va bramar al seu interior. En aquell moment era una lleona a qui invisibles caçadors hagueren arrabassat una cria i aguaitaren per a robar-li la resta de la ventrada. Estava disposada a morir matant, a donar la seua vida per les dels cadells que li quedaven, a exhalar fins a l'últim alè per a salvar tant com pogués de la seua progènie...

...pendent de publicació

Santiago Diaz i Cano

D═A DE PLAYA

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DIA DE PLAYA
Segon Classificat al IV Concurs de Relats Breus de Sant Joan Despí
Abril, 2009
 

A veces, los tópicos son la realidad.


           A las ocho me levanto. Me ducho para sacudirme la modorra y los restos del sudor de la noche. Preparo unos someros desayunos Tomo el mío en un santiamén y voy por el coche, que tengo a varias manzanas de casa. Es el precio de no disponer de cochera propia.

           Pese al madrugón (teniendo en cuenta que es festivo), la gran cantidad de objetos y accesorios que, según parece, son imprescindibles para pasar unas horas medio en pelotas, hace que nos demoremos con los preparativos y la carga de los paquetes en el coche.

  • - Tal vez sería más fácil traernos la playa a casa.
  • - No empieces con tus sarcasmos y ayuda un poco.
  • - Vale, vale.

           Pero no se me ocurre qué otra cosa puedo hacer. El coche ya está en la puerta, y mis trastos, a punto; desde hace rato.

  • - Venga, familia, que son más de las nueve.
  • - No agobies.
  • - Pillaremos caravana.

           Efectivamente.

           Pasa de las diez cuando nos ponemos en marcha y, según parece, todo el mundo lleva el mismo horario que nosotros.

           Confirmando mi teoría cósmica del tráfico rodado, la ciudad ejerce como agujero negro: salir está resultando un suplicio; por momentos se me antoja imposible. Frenazos y arrancadas continuas, calles cortadas, direcciones cambiadas, colas. Es una trampa.

           Algunos espabilados contribuyen a ralentizar la marcha (y acelerar el ritmo cardíaco) de los demás. Un semáforo en rojo sobre un paso peatonal nos retiene como testigos de fila cero ante el desquiciante espectáculo de la calle vacía frente a nosotros. Los motores rugen, las ruedas inician y abortan intentos de escapada infinitesimales, nerviosos, continuos. Parecemos una reala de perros de caza, tirando de las correas, incontenibles en su anhelo de ser soltados para correr libres en busca de la sangre. Pero, justo al pasar a verde, un anciano con su andador (¿de dónde ha salido?) se lanza a la aventura de atravesar la calzada con paso incierto y, sobre todo, lento.

  • - ¡Qué casualidad!.
  • - No rezongues. Pobre hombre.

           Los cuatro coches que formamos la primera línea en la pool -que dicen los aficionados- podemos sentir la impaciencia de los que tenemos detrás, como si de un empuje físico, real, se tratase.

           Tras mil y una peripecias del estilo, por fin logramos dejar atrás la ciudad con todos sus engaños y obstáculos.

           Una vez en carretera, tercera, cuarta... el aire empieza a correr. Mas qué poco nos dura el alivio: apenas un par de minutos. Aún faltan tres kilómetros para entrar en la zona urbana de la Playa, y ya hay cola. El sol empieza a picar. La retención del tráfico viene a coincidir con la incontinencia de mi hija.

  • - Papá, pipí.
  • - Lo que faltaba.
  • - No te pongas así. Total, estando parados, ¿qué más da? -argumenta mi esposa.

           Bajan del coche. Se arriman a la cuneta e inician la operación con maestría adquirida en situaciones semejantes. Ni siquiera cruzan palabra. Cada una sabe bien qué debe hacer. Pero estando en ello ...

  • - Venga, que esto se mueve.
  • - Pues que esperen. A ver qué quieres que hagamos.

           El automóvil de detrás pita y nos lanza destellos. Otros se le unen y el estruendo se propaga.

  • - ¡Ya va, ya va!. Joder, qué prisas -exclamo yo, un poco a la defensiva. Pero interiormente estoy con ellos. ¡A quién se le ocurre salir de casa sin orinar!. Todo esto es culpa de mi mujer.

           El trayecto prosigue de idéntica guisa durante más de media hora. Pero yo ya estoy pensando en el aparcamiento, siguiente estación del Via Crucis.


*****


           La calles de Grao y Playa son un ir y venir constante de personas con sus bártulos y de coches con su pena. Visto desde arriba debemos parecer un alocado trasiego de hormigas y escarabajos despistados, esquivándonos mutuamente, estorbándonos mutuamente.

Como quiera que los autos han tomado las aceras, los peatones, en inconsciente e injusta venganza, toman la calzada, y el tránsito se hace más caótico e insufrible aún que en condiciones normales, supuesto que dichas condiciones existan.

           Tras varias vueltas:

  • - No se puede aparcar; ni siquiera, mal.
  • - Ten paciencia y sigue buscando.

           Al fin conseguimos abandonar el coche, porque a un abandono es a lo que más se parece esto: a la puerta de un solar polvoriento, con una rueda sobre el bordillo de una acera medio hundida, y encajonado entre contenedores para basura que hemos tenido que correr, allí queda nuestro sufrido utilitario.

           Por fortuna no tenemos un destino predilecto en la playa, pues de lo contrario, seguro que se hallaría a kilómetros de donde nos encontramos. Aun así, la caminata hasta la arena es larga y penosa. Vamos cargados con trastos pesados e incómodos, la edad de mi hija no ayuda y, como ya he dicho, el tránsito de personas y mercancías es un denso caos. Sin embargo, conseguimos unirnos a una corriente descendente que va hacia la playa, lo que siempre favorece la marcha. Son pequeños golpes de suerte, necesarios en medio de la general adversidad, que contribuyen a mantener el empeño por seguir. De no ser por ellos, tal vez ya hubiésemos dado media vuelta.

           Ahora viene la tercera fase: acampar en la arena.


*****

          
           Conforme bajamos por la pasarela voy escrutando la explanada costera, buscando un hueco decente al que dirigir nuestros pasos, del que tomar posesión al viejo estilo, como debieron hacer los antiguos conquistadores: "aquí estoy yo", desparramar los objetos de uno, "y estos son mis poderes", clavando, eso sí, una pica o un pendón a modo de testigo; nuestra sombrilla podrá hacer las veces.

           Pero la cosa está reñida. El espacio se encuentra ya regularmente parcelado.

  • - No queda dónde echarse.
  • - Cualquier pedazo servirá. Entre los demás.
  • - Mujer, no va a ser encima de ellos.
  • - Corta. Tenemos que hacernos a lo que hay. Mira, ahí mismo.

           Montamos lo nuestro tratando de equidistar de todos los circundantes. Planto el parasol en el centro, despliego las sillas a su sombra y extiendo las toallas a nuestros pies. Trato de ocupar el espacio con cierta simetría; pienso que eso le da algo de dignidad al campamento. También busco crear contornos rectilíneos, bien definidos; es un rasgo de civilización que, sin duda, ha de contribuir a transmitir a los vecinos y transeúntes la sensación de propiedad, ajena, privada.

           Supongo que aquí comienza, por fin, nuestro día de playa.

Inicio una lectura, pero tengo que dejarlo. Las conversaciones de alrededor son abruptas, exageradas; en el fondo y en la forma. La señora del pelo cardado y teñido se ríe cada dos por tres con una especie de graznido histérico. El señor de dos sombrillas más allá fuma, tose y carraspea con violencia, finalizando cada estertor, a juzgar por el sonido, con una flema de densidad y dimensiones épicas. Me pregunto qué hará con ellas. Es igual, en realidad, prefiero no saberlo.

           Todo es ruido y confusión.

  • - ¿Te acuerdas de aquel documental sobre las colonias de gaviota patiamarilla?.
  • - No, ¿por qué?.
  • - No sé. Me ha venido a la cabeza.
  • - Calla, antisocial.
  • - Si yo no digo nada, pero aquí no hay quien se concentre.

           De fondo me llega, vencedora sobre el bullicio, la megafonía de uno de esos montajes propagandísticos con globos y banderas al viento; con juegos para niños tontos, adultos lerdos y memos en general; con mascotas ridículas y premios cutrísimos (como viseras de papel o camisetas de hombre-anuncio); y, por supuesto, con todos los "éxitos del verano": encadenamiento de melodías chabacanas con bailecitos para artríticos, aderezados por mensajes publicitarios supuestamente ingeniosos. En conjunto, un espectáculo bochornoso que, bajo el disfraz de actividad lúdica, deportiva, o hasta cultural (!!!), y con la connivencia del Ayuntamiento, no es más que un enorme spot (que debe de significar esputo) en mitad de la playa.

  • - Aquí, lo único que no se oye, es el mar.
  • - ¿Y qué esperabas?.
  • - Bueno. Voy a echarme. A ver si al menos descanso un poco. Porque lo que se dice dormir ...
  • - Haz lo que quieras, pero deja de quejarte.

           Otra multinacional elige, para recordar a sus potenciales clientes que en verano también existe, el método, más tradicional, de la avioneta con pancarta. Y habría permanecido yo del todo ajeno a tal extremo de no ser porque, además, queriendo dar mayor lustre a la campaña, o dejar más profunda huella, se dedican a arrojar obsequios a la concurrencia: algunos balones y flotadores caen con la parsimonia de los copos de nieve, con el brillo del arco iris; son de plástico, están bien inflados y, sobre sus relucientes superficies, se destaca netamente el anagrama de la compañía.

           Si se hubieran presentado los escuadrones de la muerte armados hasta los dientes, o Satanás con todos sus demonios, no se hubiera visto correr tanto ni a tanta gente.

Sobre los probables puntos de aterrizaje se concentran al instante tumultos de personas (¿) expectantes, tensas, dispuestas a luchar. Como quiera que, en su caída, los objetos son llevados por los golpes de brisa, describen trayectorias algo caprichosas, cambiantes, la piña de energúmenos se desplaza de igual modo pero, y esto es lo terrible, por el suelo. Parece una mezcla entre gusano de bola y cienpiés gigante. Y digo cienpiés porque cabezas no harían una entre todos.

           Entonces sucede lo inevitable, pero me vuelve a tocar a mí: en uno de los vaivenes de una de las turbas de cretinos, los ojos todos puestos en el cielo, tumban nuestra sombrilla, pisotean nuestras toallas y mi cuerpo desprevenido, indefenso. Me levanto sobresaltado, con más susto que dolor, con más arena que susto.

  • - La madre que los hizo ...

           Pero no me oyen. Un enorme balón ha caído ya a algunos metros y hasta allí se han desplazado como un solo hombre.

  • - ¿Has visto eso?. Casi me matan, y ni se inmutan.
  • - No exageres. Además, no se habrán dado ni cuenta.

           Ella se ha salvado gracias a la papelera que cubre nuestro flanco Norte, y mi hija hace rato que se ha instalado en otra sombrilla, con una amiguita recién estrenada.

  • - Sí, mujer, justifícalos. Esto parece el Vietnam.
  • - No te enfades, querido, pero aquí no se viene a dormir. Mejor hubieras hecho en levantarte y hacer el intento al menos de pillar algo, para tu hija; como los demás padres.

           No puedo creer lo que oigo. Permanezco algún tiempo inmóvil, incorporado sobre la toalla, tratando de decidir si estoy soñando o no.

Mi mujer sigue en su silla, leyendo una revista, tranquila. Es como si no le afectase nada de lo que nos sucede, como si no le preocupase nada de lo que nos pueda suceder. No parece incómoda en su papel de figurante de esta especie de péplum dominguero. Ignoro si se siente integrada o sólo ausente.

           Aunque tengo la mirada tristemente perdida, puedo ver cómo un muchacho y un hombre ya mayor tiran con rabia de un mismo flotador. Está deshinchado, roto, pero siguen manteniendo su absurdo pulso. A veces pienso que, si les echaran zurullos con una marca impresa, se pegarían igualmente por cogerlos.


*****


           Cuando mi cerebro regresa del todo, vuelvo a considerar asuntos más cercanos.

Queda descartada la opción descanso. Y qué calor. Las gotas resbalan por todo mi cuerpo. Además, estoy rebozado de arena.

  • - Querida, ¿no te has preguntado nunca si no aguantaremos todo esto sólo porque es gratis?.
  • - No digas burradas.
  • - Sí, sí, burradas... Voy a darme un baño.
  • - Bien.

          Me levanto. Apenas salgo de la toalla noto que el suelo quema como el infierno.

  • - Que es lo que debe ser -digo para mí-. Habrá que correr.

           Error. Al primer vistazo descubro que, mientras intentaba dormitar, la situación ha empeorado notablemente. La densidad antrópica se ha disparado al límite. Aquí no valen ya geometrías euclidianas: el espacio al que me enfrento no es que sea curvo, pero sí podríamos calificarlo de sinuoso, lo cual, a todas luces, es mucho peor.

           Mientras recorro la escasa (¡) distancia hasta el agua debo sortear un sinfín de obstáculos. Los cuerpos tendidos, las hamacas y tumbonas esparcidas sin orden alguno forman una especie de relieve orográfico insalvable; sólo unos estrechos desfiladeros permiten el paso tortuoso. Pero objetos de plástico de dudosa utilidad y nulo gusto interrumpen el sendero aquí y allá. Y, por si no fuera suficiente dificultad, las varillas de parasoles multicolores se entrecruzan a media altura, y me obligan a adoptar posturas del todo ridículas, a veces hasta indecorosas, para seguir avanzando.

           En una ocasión, y esto sí que me escuece, tengo que desandar un trecho de camino porque llego a un callejón sin salida. Es esto o irrumpir como un bulldozer (no crean que no considero la opción con cierta simpatía) en el tupido corrillo que han formado varias troupes colindantes y en el que charlan animadamente, con su acento forastero, sobre las lindezas de ésta o aquella playa. Un señor, más pasado que maduro, con escasos y relamidos cabellos, piel colgante pero con un brillo aceitoso y un bronceado intenso, pontifica. Va bien aderezado con gruesas joyas de oro (supongo) que le confieren cierto halo de patriarca. Debe tener mucho mundo, o muy poca vergüenza:

  • - La bandera azul esa no se concede sólo por el agua. Hay que tener en cuenta muy mucho la categoría social de la playa, como quien dice. Miren, si no, la Costa Azul. Allí fueron los primeros. Y de esto hace ya un siglo, como quien dice. Entonces el agua era poco más o menos lo mismo en todas partes. Pero, sin embargo, allí tenían mucha societé, como quien dice, y entonces, pues por eso les pusieron las banderas. Lo que pasa es que ahora la Europa Unida esa quiere fomentar ...

          Y bla, bla, bla. Los demás atienden con una mezcla de curiosidad y admiración.

Me alejo de aquel club de papanatas retrocediendo hasta la anterior ramificación de caminos. Cada vez me desvío más de la vertical de mi familia. No puedo dejar de preguntarme si sabré volver, o si podré. Se apodera de mí una náusea casi existencial.

  • - Esto es Kafka, pero con sol.

           Huída hacia adelante. Por fin llego hasta la orilla. Una ola refresca mis pies mientras creo escuchar el chisporroteo que produce un metal al rojo cuando entra en la cubeta de enfriado. Es la primera sensación realmente agradable del día. Sin embargo, al tiempo que me recreo en ella, observo el mar ante mí: la situación es un tanto mejor que en tierra, pero no mucho. Quizá si me adentro algo podré estar más tranquilo... Pero, ¡qué digo!. Tras el rompiente de las olas se extiende una auténtica flota de patines, piraguas y colchonetas. Parece el desembarco de Normandia, en pobre, que no en pacífico: porque algunos de los pedalones, (como les llaman ciertos turistas), dirigidos (¿) por inconscientes y ayudados por el oleaje, se abalanzan contra los bañistas más audaces que se han atrevido a franquear el banco de arena.

           Decido que me daré un chapuzón rápido por la orilla. Una señora enorme, con un gorro que parece un florero, se bandea suavemente con las olas. Semeja un cachalote varado, salvo por el gorro, claro. Estira el cuello por evitar que le entre agua en la boca. Parecerá un chiste, pero yo la juzgaría capaz de ahogarse en los escasos dos palmos de profundidad que goza. Sin embargo está feliz. Sonríe beatíficamente y pone los ojillos en blanco. Al pasar junto a ella noto una subida térmica anormal. No quiero creer lo que pienso:

  • - Se está meando.

           Trato de salir de la zona de influencia lo antes posible. Pero, en mi dirección, un grupo de ancianas se encuentra en actitud muy similar, y con análoga sonrisa.

  • - ¡Qué asco! -me digo-. Todas deben estar meando. -Miro a mi alrededor-. Todo el mundo está meando. ¡Claro!. ¿Por qué si no iban a pasar el suplicio de llegar hasta el agua?.

           Soy ya presa del pánico. Salgo a trompicones. Quisiera lavarme, enjuagarme el inmundo líquido que ahora toca mi piel, pero, ¿con qué otro que estuviese fuera de sospecha?. No pienso con claridad y actúo con absoluta torpeza. Una sola idea se abre paso en mi mente: volver con los míos. Pero no me sitúo, ni a ellos. Estoy desorientado, perdido. Urge un respiro.


*****


           Salgo del agua y me procuro un espacio en la orilla: entre castillitos de arena, pozos, canales y otras obras de ingeniería infantil; entre los paseantes que en grupos de dos, tres, o más individuos, se desplazan por el declive de la playa, en ambos sentidos, cual si los unos fuesen en busca de lo que los otros ya han desechado; entre centinelas que se hallan inmóviles, plantados como postes, mojones que marcasen el límite a la marea.

           Me extraño de haber encontrado una parcela libre con tanta presteza al tiempo que siento un tacto pastoso en la planta del pie y comprendo, con un sofoco de ira, el porqué. Levanto despaciosamente la zona afectada para evaluar el cariz y alcance de los daños. Miro de soslayo, con cierta escrupulosa prevención, y no puedo evitar una exclamación:

  • - ¡Bien!. Sólo es alquitrán.

           Un joven a mi lado me observa estupefacto. Tal vez no comprende cuan relativa es la felicidad humana, cuan mudables sus anhelos; sin duda, aún no ha vivido lo suficiente.

           Esta inyección de moral me sacude un poco el embotamiento mental y el paroxismo anímico. Aprieto los párpados, formo visera con ambas manos y miro hacia el océano de sombrillas que se extiende a poniente, escrutando cada tramo con el rigor de un vigía militar. Cuando ya empezaban todas a bailar y difuminarse en un espejismo gigantesco y lisérgico, consigo distinguir la nuestra. La única que no es a rayas o de publicidad, lo que no la hace parecer menos ridícula, con sus pececitos de colores achicharrándose al sol.

           Mi decisión es firme, mi voluntad, inconmovible. Trazaré una vía recta, pasando sobre quien sea, hasta llegar a nuestro campamento. Una vez allí, tomaré mis cosas y mi familia y huiremos de aquí para no volver más!!!

           De inmediato, resuelto, me entrego al cumplimiento de la primera parte de esta íntima promesa. Mi paso es saludado, por algunos obstáculos del camino, con alboroto e indignación sólo comparables a mi indiferencia hacia ellos y sus quejas.

           Al mismo tiempo, sin embargo, voy sintiendo -cada vez mayor- todo el peso de una nueva pero ya vieja certeza: la de que, irremisiblemente, incumpliré la segunda parte.

           El próximo domingo -seguro- aquí estaremos.                          


FIN

Santiago Diaz i Cano

Disseny de N.Design Studio
Amb motor Lifetype. Plantilla adaptada per Russian Lifetype