SEPTIEMBRE 

Largo.  

     Septiembre es un recuerdo en tres colores.
    
Tres franjas de una bandera hecha de un cielo añil, un mar azur, a veces púrpura, y una arena de oro mate.
     Y un aire diáfano, impoluto.
    
Si cerrabas los ojos la imagen permanecía en tu retina, con trazo preciso, con tonos puros, vivos, limpios. 
    Al ir a bajar a la playa, una duda, cierta respetuosa prevención, como si fueras a profanar un espacio sagrado. 
     Aquellas tardes de final del estío tenían algo atemporal, como de fotografía.
     Tardes de leer, de mirar al horizonte, de escuchar la propia respiración; de estar bien, sencillamente.
     Una risa lejana, el graznido de una gaviota, una ola que rompe indolente.
    
Todo sucedía con despaciosidad, a tenues golpes, como un pase de diapositivas sin público.
     Fieles a una liturgia anual, los primeros días de septiembre traían las tormentas, y se llevaban el cielo borroso y pálido, el agua caliente y sucia, los turistas de la arena y todos sus cachivaches.
     Después, sólo limpieza, paz; y ese silencio de los sonidos concretos, fugaces, in co ne xos...
     Parecía imposible que fuese el mismo lugar de días atrás. 

***** 
     Septiembre era un milagro. Era un mes para soñar.
     Pero eso era antes. Ahora ya no.
     Quizá el clima esté cambiando. Quizá el mundo todo.
     O quizá sea yo.

Santiago Diaz i Cano