PEQUEÑO GRAN HOMBRE
(Publicat al periòdic-pamflet L'Escurçó i Co. en març 2003)

     Érase una vez un país gobernado por un hombre pequeño que soñaba con ser grande.
     En casa, gustaba de rodearse de otros enanos, por mejor destacar. Fuera, buscaba el arrimo de los que él consideraba gigantes por ver si algo se le quedaba.
     Sin embargo, una pena le nublaba el ánimo. Cuando preguntaba a su espejito mágico: “Quien es el más grande?”, el espejo le respondía, cruel: “El otro”.
     Tuvo que practicar una tozuda oposición durante años, repitiéndole todas las semanas, “márchese, márchese ...”. Tuvo que esperar pacientemente el día en que le arrebataría el poder, el día en que le vencería en las urnas. Y ese día había llegado.
     Sin embargo, cada mañana, su espejo le seguía respondiendo. “El otro”. Y a él se le encogía el corazón de rabia y de tristeza.
     Entonces tuvo una gran idea: retirarse antes de perder unas elecciones, invicto. Algo de lo que el otro no podría jamás presumir. Aquello le procuraría un halo y un prestigio que agrandaría sin duda su figura, que le haría sobrepasar a su rival y referente. Además, le dejaría abierta la puerta a un futuro regreso, en olor de multitud, para salvar al partido del fracaso y a la Patria de la desidia y la mediocridad.
     Pero no fue suficiente. El espejo, insobornable, repetía una y cien veces: “El otro”.
     Hasta que llegó su hora. Hasta que el destino le puso la ocasión en las manos.
     Uno de sus amigos energúmenos había decidido invadir un país a zambombazos (“Porque ellos golpearon primero”, dio como excusa), y el pequeño hombrecillo le aplaudió mientras otros cobardemente callaban. Su amigo, en vista de lo fácil que le resultaba hacer lo que le venía en gana con el mundo, se fue animando y advirtió a uno malo muy malo: “Tú serás el próximo” (“Porque podría pegar primero”, adujo esta vez). Las buenas gentes de su país y de otros muchos países le dijeron que en esta ocasión (vaya usted a saber por qué) no estaban dispuestos a consentirlo. Se lo dijeron los viejos y los jóvenes; los padres y los hijos. Se lo dijeron los hombres y las mujeres; los intelectuales y los obreros. Se lo dijeron los artistas y los actores; los famosos y los famosillos. Se lo dijeron los profesores y los estudiantes ... Se lo dijeron en la calle y en el Parlamento, en la prensa y en la tele, en la escuela, en la Universidad ... Pero él, haciendo gala de una firmeza de gran estadista y una sensibilidad de gran padre, dijo que compartía el deseo de su pueblo, que sentía su mismo dolor, y que, justamente por ello, debía apoyar la guerra. Dijo que comprendía los honorables sentimientos de sus súbditos, que estaba orgulloso de ellos, mas precisamente por ello, tenía que apoyar la guerra. Dijo que las buenas gentes (las mismas que la habían votado) no entendían de cuestiones de alta política, no sabían qué era lo mejor para ellos, y por eso mismo, iba a apoyar la guerra.
     Esa actitud visionaria y valiente le sirvió para reunirse con su amigo poderoso, visitar su casa, hacerse fotos a su lado, recibir palmaditas en la espalda y ganarse el derecho a tutearle. El planeta entero le vería estrechando su mano, sonriendo junto a él, compartiendo su gloria. Entonces nadie podría dudar de su talla política. Además, pronto habría ganado una guerra.
     Por último, para mejor ilustrar su retrato y redondear su perfil de ser humano y humanitario, realizó unas comprometidas declaraciones. Afirmó, con gesto grave, que deseaba que el conflicto fuese lo más breve posible y costara el menor número de vidas. Olvidó quizá (quien no tiene un olvido) que el conflicto más breve es el que no se inicia, y que la guerra que menos vidas cuesta es la que no se hace.
     Imaginaba homenajes, estatuas, reseñas en los libros de Historia, un hueco en las Enciclopedias del mundo. Aquello sí era felicidad, y no estaba dispuesto a que nada ni nadie le aguase la fiesta.
     A la luz de tanto esplendor, la oposición de su pueblo, de casi todos los pueblos, no era sino una tenue sombra, una contrariedad minúscula y prescindible, un velo apenas apreciable; la obra mezquina de alborotadores y envidiosos.
     Tampoco le pareció razón suficiente la evidencia de que el malo muy malo no supusiera más peligro para la paz y seguridad mundiales que un concurso de pedos.
     Ni la de que su amigo poderoso hiciera aquello por puro interés estratégico-político-económico. Ni que se pasara la ONU por la entrepierna (interpretando sus resoluciones como más le conviniese; o enviando a su Secretario de Estado a contar trolas ante la Asamblea, o a espiar y presionar a los miembros del Consejo de Seguridad, lanzando ultimátums ...).
     Menos aún que los derechos del pueblo al que supuestamente iban a liberar estuvieran a punto de ser pisoteados (por más nombrecitos rimbombantes que inventaran para las operaciones de muerte y devastación) ...
     La decisión estaba tomada. El hombrecillo había mirado al sol cara a cara, se había enfrentado al futuro sin vacilar, había sido fuerte cuando todos se sentían débiles.
     Su sueño hecho realidad.
     Sin duda, lo había conseguido: ya era un pequeño Gran Hombre.

Santiago Diaz i Cano.