DESPEDIDA(S)
(Publicat al periòdic-pamflet L'Escurçó i Co. el gener 2004).

     José Mari se nos va. Ya lo avisó hace más de un año.
     Desde entonces se está yendo. Pero lo hace poco a poco, con mesura. Para que no nos quede el trauma, más que nada. Hasta el final como un padre. Además, no nos deja huérfanos del todo: nos lega su egregia figura de gran político, su apostura de caballero iniciado, su serenidad de hombre en posesión de la Verdad; bueno, también nos deja a Mariano. Atado y bien atado ...
     Que son muchos años y muchos recuerdos y muchos desvelos. ¿Cómo iba a desaparecer sin más? ¿Qué esperaban sus enemigos, que diera un portazo? ¡Qué poco lo conocen! Yo digo tenaz donde ellos dicen obstinado. Y donde dicen ellos déspota digo yo visionario.
     Esa jauría hambrienta ha osado llamar asesino al libertador; fascista al patriota; cómplice al fiel aliado; chapucero al estratega ... Y otras mil barbaridades.
     Primero se despidió del Congreso. La oposición, en un fanático intento por deslucir el acto se empeñó en hacer preguntas inconvenientes, en tratar de provocar al Presidente. Pero él hizo caso omiso y siguió a lo suyo. Agradeció al Grupo Popular su apoyo, a la Mesa su trabajo, a los Ministros su entrega, a todos su disciplina ... Y a esos, a esos los ignoró, como siempre, como se merecen. Los dejó con un palmo de narices, con su cacareo cabreado y su pataleta de colegiales.
     Luego se fue a Irak, a despedirse de los valientes soldados. Y les dijo lo que todo buen español debe decir: “¡¡¡Viva España y Viva el Rey!!!”. Así, de paso, se despedía de todos los malos españoles con un buen corte de mangas. Para que aprendan esos nacionalistas-terrorista-secesionistas-pacifistas y demás adláteres. Ovejas negras, hijos renegados, desagradecidos y traidores.
     Después se despidió de su Partido, en un gran acto (y varios menudos) con discursos elogiosos y contenidas pero incontenibles lagrimitas. Porque los grandes hombres no lloran (ay!), suspiran ...
     Más tarde se despidió de los empresarios, en un Foro donde todos (incluso él) alabaron sus logros en Macroeconomía. Gracias a su incansable empeño, que España va bien lo saben hasta en Groenlandia (que nunca está de más).
     A continuación se fue a ver a Bush. George se deshizo en piropos enternecedores y palmaditas estilo tejano. Era su particular modo de despedirse. Llegó a decir que lo echaría de menos, y el mundo también. Sin duda, la próxima invasión no será lo mismo sin él.
     De vuelta a casa, pasó por TVE, para despedirse de Urdazi: discípulo, admirador; incondicional; desolado.
     Finalmente se llegó al Vaticano, con toda su cristiana familia. El Papa parecía abatido por su marcha. Pero él tuvo generosas y atinadas palabras de ánimo en momento tan delicado (“qué bien le veo ... le veo muy bien”), e incluso le besó la mano en un gesto de humildad sin parangón.
     Tal vez me deje alguna. Tal vez no fueran en este orden. Tal vez las haya mezclado entre sí. Pero, ¿acaso no es comprensible, normal, disculpable? Ante presencia tan arrasadora hasta la mente más preclara se embota, hasta el más agudo discernimiento se emborracha. Ante luz tan cegadora los contornos se diluyen, las imágenes se emborronan. Además, ¿qué importa, al cabo?. Lo esencial es la grandeza que emana del hombre y que impregna sus alrededores allá por donde quiera que vaya.
     Ahora, algunos envidiosos babean que, con tanta despedida, “a ver si va a resultar que no se acaba nunca de ir”. Celos de la peor especie. Les gustaría borrarlo del mapa, de su mente, de la Historia. Pero algo tan grande no se extingue de la noche a la mañana. Ni aunque quisiera. Que se chinchen.
     Queda aún mucho por hacer de aquí al 13 de marzo: los jubilados, las amas de casa, los deportistas, los artistas, los médicos, los pacientes, los jóvenes, los maduros, el clero, los seglares, los andaluces, los manchegos, los agentes de Bolsa, los porteros de noche, los hombres, las mujeres, los hijos de papá, los hijos de su padre, los santos, los ángeles, y tantos otros ...
     Todos tienen derecho a su despedida, todos la merecen y todos la tendrán.
     Después, libre ya de mundanales ataduras, podrá dedicarse a su vocación verdadera y hasta ahora contenida, desarrollar sus potenciales cualidades apenas apuntadas, mostrar en todo su esplendor los atributos que lo adornan y de los que jamás ha hecho alarde.
     Podrá, por fin, volar; por encima de todos nosotros, por encima del bien y del mal, por encima de España, de la ONU y del mundo infame ...
     Por encima en general.

Santiago Diaz i Cano.