L'Escurçó.

Relats, articles, pensaments, versets ... i d'altres deposicions mentals (per santiago diaz i cano).

DÍA DE PLAYA

xacobo | 21 abril, 2009 17:20

 

DIA DE PLAYA
Segon Classificat al IV Concurs de Relats Breus de Sant Joan Despí
Abril, 2009
 

A veces, los tópicos son la realidad.


           A las ocho me levanto. Me ducho para sacudirme la modorra y los restos del sudor de la noche. Preparo unos someros desayunos Tomo el mío en un santiamén y voy por el coche, que tengo a varias manzanas de casa. Es el precio de no disponer de cochera propia.

           Pese al madrugón (teniendo en cuenta que es festivo), la gran cantidad de objetos y accesorios que, según parece, son imprescindibles para pasar unas horas medio en pelotas, hace que nos demoremos con los preparativos y la carga de los paquetes en el coche.

  • - Tal vez sería más fácil traernos la playa a casa.
  • - No empieces con tus sarcasmos y ayuda un poco.
  • - Vale, vale.

           Pero no se me ocurre qué otra cosa puedo hacer. El coche ya está en la puerta, y mis trastos, a punto; desde hace rato.

  • - Venga, familia, que son más de las nueve.
  • - No agobies.
  • - Pillaremos caravana.

           Efectivamente.

           Pasa de las diez cuando nos ponemos en marcha y, según parece, todo el mundo lleva el mismo horario que nosotros.

           Confirmando mi teoría cósmica del tráfico rodado, la ciudad ejerce como agujero negro: salir está resultando un suplicio; por momentos se me antoja imposible. Frenazos y arrancadas continuas, calles cortadas, direcciones cambiadas, colas. Es una trampa.

           Algunos espabilados contribuyen a ralentizar la marcha (y acelerar el ritmo cardíaco) de los demás. Un semáforo en rojo sobre un paso peatonal nos retiene como testigos de fila cero ante el desquiciante espectáculo de la calle vacía frente a nosotros. Los motores rugen, las ruedas inician y abortan intentos de escapada infinitesimales, nerviosos, continuos. Parecemos una reala de perros de caza, tirando de las correas, incontenibles en su anhelo de ser soltados para correr libres en busca de la sangre. Pero, justo al pasar a verde, un anciano con su andador (¿de dónde ha salido?) se lanza a la aventura de atravesar la calzada con paso incierto y, sobre todo, lento.

  • - ¡Qué casualidad!.
  • - No rezongues. Pobre hombre.

           Los cuatro coches que formamos la primera línea en la pool -que dicen los aficionados- podemos sentir la impaciencia de los que tenemos detrás, como si de un empuje físico, real, se tratase.

           Tras mil y una peripecias del estilo, por fin logramos dejar atrás la ciudad con todos sus engaños y obstáculos.

           Una vez en carretera, tercera, cuarta... el aire empieza a correr. Mas qué poco nos dura el alivio: apenas un par de minutos. Aún faltan tres kilómetros para entrar en la zona urbana de la Playa, y ya hay cola. El sol empieza a picar. La retención del tráfico viene a coincidir con la incontinencia de mi hija.

  • - Papá, pipí.
  • - Lo que faltaba.
  • - No te pongas así. Total, estando parados, ¿qué más da? -argumenta mi esposa.

           Bajan del coche. Se arriman a la cuneta e inician la operación con maestría adquirida en situaciones semejantes. Ni siquiera cruzan palabra. Cada una sabe bien qué debe hacer. Pero estando en ello ...

  • - Venga, que esto se mueve.
  • - Pues que esperen. A ver qué quieres que hagamos.

           El automóvil de detrás pita y nos lanza destellos. Otros se le unen y el estruendo se propaga.

  • - ¡Ya va, ya va!. Joder, qué prisas -exclamo yo, un poco a la defensiva. Pero interiormente estoy con ellos. ¡A quién se le ocurre salir de casa sin orinar!. Todo esto es culpa de mi mujer.

           El trayecto prosigue de idéntica guisa durante más de media hora. Pero yo ya estoy pensando en el aparcamiento, siguiente estación del Via Crucis.


*****


           La calles de Grao y Playa son un ir y venir constante de personas con sus bártulos y de coches con su pena. Visto desde arriba debemos parecer un alocado trasiego de hormigas y escarabajos despistados, esquivándonos mutuamente, estorbándonos mutuamente.

Como quiera que los autos han tomado las aceras, los peatones, en inconsciente e injusta venganza, toman la calzada, y el tránsito se hace más caótico e insufrible aún que en condiciones normales, supuesto que dichas condiciones existan.

           Tras varias vueltas:

  • - No se puede aparcar; ni siquiera, mal.
  • - Ten paciencia y sigue buscando.

           Al fin conseguimos abandonar el coche, porque a un abandono es a lo que más se parece esto: a la puerta de un solar polvoriento, con una rueda sobre el bordillo de una acera medio hundida, y encajonado entre contenedores para basura que hemos tenido que correr, allí queda nuestro sufrido utilitario.

           Por fortuna no tenemos un destino predilecto en la playa, pues de lo contrario, seguro que se hallaría a kilómetros de donde nos encontramos. Aun así, la caminata hasta la arena es larga y penosa. Vamos cargados con trastos pesados e incómodos, la edad de mi hija no ayuda y, como ya he dicho, el tránsito de personas y mercancías es un denso caos. Sin embargo, conseguimos unirnos a una corriente descendente que va hacia la playa, lo que siempre favorece la marcha. Son pequeños golpes de suerte, necesarios en medio de la general adversidad, que contribuyen a mantener el empeño por seguir. De no ser por ellos, tal vez ya hubiésemos dado media vuelta.

           Ahora viene la tercera fase: acampar en la arena.


*****

          
           Conforme bajamos por la pasarela voy escrutando la explanada costera, buscando un hueco decente al que dirigir nuestros pasos, del que tomar posesión al viejo estilo, como debieron hacer los antiguos conquistadores: "aquí estoy yo", desparramar los objetos de uno, "y estos son mis poderes", clavando, eso sí, una pica o un pendón a modo de testigo; nuestra sombrilla podrá hacer las veces.

           Pero la cosa está reñida. El espacio se encuentra ya regularmente parcelado.

  • - No queda dónde echarse.
  • - Cualquier pedazo servirá. Entre los demás.
  • - Mujer, no va a ser encima de ellos.
  • - Corta. Tenemos que hacernos a lo que hay. Mira, ahí mismo.

           Montamos lo nuestro tratando de equidistar de todos los circundantes. Planto el parasol en el centro, despliego las sillas a su sombra y extiendo las toallas a nuestros pies. Trato de ocupar el espacio con cierta simetría; pienso que eso le da algo de dignidad al campamento. También busco crear contornos rectilíneos, bien definidos; es un rasgo de civilización que, sin duda, ha de contribuir a transmitir a los vecinos y transeúntes la sensación de propiedad, ajena, privada.

           Supongo que aquí comienza, por fin, nuestro día de playa.

Inicio una lectura, pero tengo que dejarlo. Las conversaciones de alrededor son abruptas, exageradas; en el fondo y en la forma. La señora del pelo cardado y teñido se ríe cada dos por tres con una especie de graznido histérico. El señor de dos sombrillas más allá fuma, tose y carraspea con violencia, finalizando cada estertor, a juzgar por el sonido, con una flema de densidad y dimensiones épicas. Me pregunto qué hará con ellas. Es igual, en realidad, prefiero no saberlo.

           Todo es ruido y confusión.

  • - ¿Te acuerdas de aquel documental sobre las colonias de gaviota patiamarilla?.
  • - No, ¿por qué?.
  • - No sé. Me ha venido a la cabeza.
  • - Calla, antisocial.
  • - Si yo no digo nada, pero aquí no hay quien se concentre.

           De fondo me llega, vencedora sobre el bullicio, la megafonía de uno de esos montajes propagandísticos con globos y banderas al viento; con juegos para niños tontos, adultos lerdos y memos en general; con mascotas ridículas y premios cutrísimos (como viseras de papel o camisetas de hombre-anuncio); y, por supuesto, con todos los "éxitos del verano": encadenamiento de melodías chabacanas con bailecitos para artríticos, aderezados por mensajes publicitarios supuestamente ingeniosos. En conjunto, un espectáculo bochornoso que, bajo el disfraz de actividad lúdica, deportiva, o hasta cultural (!!!), y con la connivencia del Ayuntamiento, no es más que un enorme spot (que debe de significar esputo) en mitad de la playa.

  • - Aquí, lo único que no se oye, es el mar.
  • - ¿Y qué esperabas?.
  • - Bueno. Voy a echarme. A ver si al menos descanso un poco. Porque lo que se dice dormir ...
  • - Haz lo que quieras, pero deja de quejarte.

           Otra multinacional elige, para recordar a sus potenciales clientes que en verano también existe, el método, más tradicional, de la avioneta con pancarta. Y habría permanecido yo del todo ajeno a tal extremo de no ser porque, además, queriendo dar mayor lustre a la campaña, o dejar más profunda huella, se dedican a arrojar obsequios a la concurrencia: algunos balones y flotadores caen con la parsimonia de los copos de nieve, con el brillo del arco iris; son de plástico, están bien inflados y, sobre sus relucientes superficies, se destaca netamente el anagrama de la compañía.

           Si se hubieran presentado los escuadrones de la muerte armados hasta los dientes, o Satanás con todos sus demonios, no se hubiera visto correr tanto ni a tanta gente.

Sobre los probables puntos de aterrizaje se concentran al instante tumultos de personas (¿) expectantes, tensas, dispuestas a luchar. Como quiera que, en su caída, los objetos son llevados por los golpes de brisa, describen trayectorias algo caprichosas, cambiantes, la piña de energúmenos se desplaza de igual modo pero, y esto es lo terrible, por el suelo. Parece una mezcla entre gusano de bola y cienpiés gigante. Y digo cienpiés porque cabezas no harían una entre todos.

           Entonces sucede lo inevitable, pero me vuelve a tocar a mí: en uno de los vaivenes de una de las turbas de cretinos, los ojos todos puestos en el cielo, tumban nuestra sombrilla, pisotean nuestras toallas y mi cuerpo desprevenido, indefenso. Me levanto sobresaltado, con más susto que dolor, con más arena que susto.

  • - La madre que los hizo ...

           Pero no me oyen. Un enorme balón ha caído ya a algunos metros y hasta allí se han desplazado como un solo hombre.

  • - ¿Has visto eso?. Casi me matan, y ni se inmutan.
  • - No exageres. Además, no se habrán dado ni cuenta.

           Ella se ha salvado gracias a la papelera que cubre nuestro flanco Norte, y mi hija hace rato que se ha instalado en otra sombrilla, con una amiguita recién estrenada.

  • - Sí, mujer, justifícalos. Esto parece el Vietnam.
  • - No te enfades, querido, pero aquí no se viene a dormir. Mejor hubieras hecho en levantarte y hacer el intento al menos de pillar algo, para tu hija; como los demás padres.

           No puedo creer lo que oigo. Permanezco algún tiempo inmóvil, incorporado sobre la toalla, tratando de decidir si estoy soñando o no.

Mi mujer sigue en su silla, leyendo una revista, tranquila. Es como si no le afectase nada de lo que nos sucede, como si no le preocupase nada de lo que nos pueda suceder. No parece incómoda en su papel de figurante de esta especie de péplum dominguero. Ignoro si se siente integrada o sólo ausente.

           Aunque tengo la mirada tristemente perdida, puedo ver cómo un muchacho y un hombre ya mayor tiran con rabia de un mismo flotador. Está deshinchado, roto, pero siguen manteniendo su absurdo pulso. A veces pienso que, si les echaran zurullos con una marca impresa, se pegarían igualmente por cogerlos.


*****


           Cuando mi cerebro regresa del todo, vuelvo a considerar asuntos más cercanos.

Queda descartada la opción descanso. Y qué calor. Las gotas resbalan por todo mi cuerpo. Además, estoy rebozado de arena.

  • - Querida, ¿no te has preguntado nunca si no aguantaremos todo esto sólo porque es gratis?.
  • - No digas burradas.
  • - Sí, sí, burradas... Voy a darme un baño.
  • - Bien.

          Me levanto. Apenas salgo de la toalla noto que el suelo quema como el infierno.

  • - Que es lo que debe ser -digo para mí-. Habrá que correr.

           Error. Al primer vistazo descubro que, mientras intentaba dormitar, la situación ha empeorado notablemente. La densidad antrópica se ha disparado al límite. Aquí no valen ya geometrías euclidianas: el espacio al que me enfrento no es que sea curvo, pero sí podríamos calificarlo de sinuoso, lo cual, a todas luces, es mucho peor.

           Mientras recorro la escasa (¡) distancia hasta el agua debo sortear un sinfín de obstáculos. Los cuerpos tendidos, las hamacas y tumbonas esparcidas sin orden alguno forman una especie de relieve orográfico insalvable; sólo unos estrechos desfiladeros permiten el paso tortuoso. Pero objetos de plástico de dudosa utilidad y nulo gusto interrumpen el sendero aquí y allá. Y, por si no fuera suficiente dificultad, las varillas de parasoles multicolores se entrecruzan a media altura, y me obligan a adoptar posturas del todo ridículas, a veces hasta indecorosas, para seguir avanzando.

           En una ocasión, y esto sí que me escuece, tengo que desandar un trecho de camino porque llego a un callejón sin salida. Es esto o irrumpir como un bulldozer (no crean que no considero la opción con cierta simpatía) en el tupido corrillo que han formado varias troupes colindantes y en el que charlan animadamente, con su acento forastero, sobre las lindezas de ésta o aquella playa. Un señor, más pasado que maduro, con escasos y relamidos cabellos, piel colgante pero con un brillo aceitoso y un bronceado intenso, pontifica. Va bien aderezado con gruesas joyas de oro (supongo) que le confieren cierto halo de patriarca. Debe tener mucho mundo, o muy poca vergüenza:

  • - La bandera azul esa no se concede sólo por el agua. Hay que tener en cuenta muy mucho la categoría social de la playa, como quien dice. Miren, si no, la Costa Azul. Allí fueron los primeros. Y de esto hace ya un siglo, como quien dice. Entonces el agua era poco más o menos lo mismo en todas partes. Pero, sin embargo, allí tenían mucha societé, como quien dice, y entonces, pues por eso les pusieron las banderas. Lo que pasa es que ahora la Europa Unida esa quiere fomentar ...

          Y bla, bla, bla. Los demás atienden con una mezcla de curiosidad y admiración.

Me alejo de aquel club de papanatas retrocediendo hasta la anterior ramificación de caminos. Cada vez me desvío más de la vertical de mi familia. No puedo dejar de preguntarme si sabré volver, o si podré. Se apodera de mí una náusea casi existencial.

  • - Esto es Kafka, pero con sol.

           Huída hacia adelante. Por fin llego hasta la orilla. Una ola refresca mis pies mientras creo escuchar el chisporroteo que produce un metal al rojo cuando entra en la cubeta de enfriado. Es la primera sensación realmente agradable del día. Sin embargo, al tiempo que me recreo en ella, observo el mar ante mí: la situación es un tanto mejor que en tierra, pero no mucho. Quizá si me adentro algo podré estar más tranquilo... Pero, ¡qué digo!. Tras el rompiente de las olas se extiende una auténtica flota de patines, piraguas y colchonetas. Parece el desembarco de Normandia, en pobre, que no en pacífico: porque algunos de los pedalones, (como les llaman ciertos turistas), dirigidos (¿) por inconscientes y ayudados por el oleaje, se abalanzan contra los bañistas más audaces que se han atrevido a franquear el banco de arena.

           Decido que me daré un chapuzón rápido por la orilla. Una señora enorme, con un gorro que parece un florero, se bandea suavemente con las olas. Semeja un cachalote varado, salvo por el gorro, claro. Estira el cuello por evitar que le entre agua en la boca. Parecerá un chiste, pero yo la juzgaría capaz de ahogarse en los escasos dos palmos de profundidad que goza. Sin embargo está feliz. Sonríe beatíficamente y pone los ojillos en blanco. Al pasar junto a ella noto una subida térmica anormal. No quiero creer lo que pienso:

  • - Se está meando.

           Trato de salir de la zona de influencia lo antes posible. Pero, en mi dirección, un grupo de ancianas se encuentra en actitud muy similar, y con análoga sonrisa.

  • - ¡Qué asco! -me digo-. Todas deben estar meando. -Miro a mi alrededor-. Todo el mundo está meando. ¡Claro!. ¿Por qué si no iban a pasar el suplicio de llegar hasta el agua?.

           Soy ya presa del pánico. Salgo a trompicones. Quisiera lavarme, enjuagarme el inmundo líquido que ahora toca mi piel, pero, ¿con qué otro que estuviese fuera de sospecha?. No pienso con claridad y actúo con absoluta torpeza. Una sola idea se abre paso en mi mente: volver con los míos. Pero no me sitúo, ni a ellos. Estoy desorientado, perdido. Urge un respiro.


*****


           Salgo del agua y me procuro un espacio en la orilla: entre castillitos de arena, pozos, canales y otras obras de ingeniería infantil; entre los paseantes que en grupos de dos, tres, o más individuos, se desplazan por el declive de la playa, en ambos sentidos, cual si los unos fuesen en busca de lo que los otros ya han desechado; entre centinelas que se hallan inmóviles, plantados como postes, mojones que marcasen el límite a la marea.

           Me extraño de haber encontrado una parcela libre con tanta presteza al tiempo que siento un tacto pastoso en la planta del pie y comprendo, con un sofoco de ira, el porqué. Levanto despaciosamente la zona afectada para evaluar el cariz y alcance de los daños. Miro de soslayo, con cierta escrupulosa prevención, y no puedo evitar una exclamación:

  • - ¡Bien!. Sólo es alquitrán.

           Un joven a mi lado me observa estupefacto. Tal vez no comprende cuan relativa es la felicidad humana, cuan mudables sus anhelos; sin duda, aún no ha vivido lo suficiente.

           Esta inyección de moral me sacude un poco el embotamiento mental y el paroxismo anímico. Aprieto los párpados, formo visera con ambas manos y miro hacia el océano de sombrillas que se extiende a poniente, escrutando cada tramo con el rigor de un vigía militar. Cuando ya empezaban todas a bailar y difuminarse en un espejismo gigantesco y lisérgico, consigo distinguir la nuestra. La única que no es a rayas o de publicidad, lo que no la hace parecer menos ridícula, con sus pececitos de colores achicharrándose al sol.

           Mi decisión es firme, mi voluntad, inconmovible. Trazaré una vía recta, pasando sobre quien sea, hasta llegar a nuestro campamento. Una vez allí, tomaré mis cosas y mi familia y huiremos de aquí para no volver más!!!

           De inmediato, resuelto, me entrego al cumplimiento de la primera parte de esta íntima promesa. Mi paso es saludado, por algunos obstáculos del camino, con alboroto e indignación sólo comparables a mi indiferencia hacia ellos y sus quejas.

           Al mismo tiempo, sin embargo, voy sintiendo -cada vez mayor- todo el peso de una nueva pero ya vieja certeza: la de que, irremisiblemente, incumpliré la segunda parte.

           El próximo domingo -seguro- aquí estaremos.                          


FIN

Santiago Diaz i Cano

MARES I ESPOSES

xacobo | 26 febrer, 2009 15:32

MARES I ESPOSES

Finalista al VII Premi “Relats de família” (Constantí, Març 2009)
 

A totes elles

En Romeu Pena passava dels trenta; i passava bastant.

La seua nóvia era la mateixa des de feia quinze hiverns, i dic hiverns perquè a l'estiu a penes es veien: ella, en la caseta de la serra, amb els pares; i ell, també amb els pares, però en l'apartament de la platja. I com que na Roseta, que així li deien a la pobra xica, no tenia el carnet, i que al seu “Romeuet de l'ànima” no li feia molta gràcia allò de conduir, doncs això, que se'ls passava l'estiu sense veure's. Bé, sense veure's i sense parlar-se, perquè a en Romeu tampoc no li abellia abaixar a la cabina per trucar-li:

        -         Quin rotllo. La primera, trobar-ne una que estiga en condicions, que ben sovint t'has de recórrer tot el Passeig per a topar amb un telèfon que funcione. Després fer cua, i barallar-te amb algun espavilat amb molta barra, que sempre n'hi ha. Per si això no fos prou, has d'anar carregat amb les refotudes monedetes de menuts, perquè si tires gros no et torna, com si les tarifes no foren ja prou abusives. I damunt, quan aconsegueixes comunicar, no saps què dir. I allà estàs tu, palplantat com un caracollons, sense dir ni pruna, i sentint com et claven la mirada rabiosa tots els que van darrere. Perquè t'odien, no ho dubtes. Ho sé perquè es nota, i perquè jo també els odiaria a ells, què dimonis! Res de res: això no és romàntic, ni té intimitat de cap mena.

-        Escriu-me, almenys. 

Ací, la resposta més seca:

-        Ja saps que no sóc de lletres.

I, si ella insistia.

-        No sigues bleda, xiqueta. Si jo t’estime igual. Ja ens veurem en acabar les vacances. Més tindrem per contar-nos. A més, sempre baixeu amb na Teresa algun dissabte, no? Si, tot plegat, passa en un sospir.

I així cada any. Des del primer.

La tal Teresa era una amiga del col·legi, que estiuejava en la mateixa urbanització.

-        Deixa't a eixe gomós –li deia a na Roseta–. És un falder que no sap estar lluny de la seua mareta estimada.

-        Només és un poc còmode. Està malcriat. Quan ens casem tot serà distint.

-        Eixos no canvien. Sembles fava.

-        Calla, Tere. Què sabràs tu?

I Tere callava, però només perquè no li agradava discutir.

Na Teresa era de caràcter fort, independent, i tenia cotxe. Cada dissabte ajuntava a les amigues i se les emportava de tabola a algun poble en festes o a una discoteca. Algunes vegades, si na Roseta es posava molt pesada, consentien a baixar a la Platja del seu “Romeuet de l'ànima”.

Després, a l'hivern, molta sessió de tarda en el cine de reestrena, i molt d’anar i vindre per l'avinguda dels plàtans, de vegades amb un fred que pelava.

De tant en tant, ella es posava seriosa, amb una serietat quelcom trista, i li deia:

-        Romeu, tu m’estimes de veritat?

-        No comences...

-        És que no m’entra dins del cap. Si m’estimes i jo t’estime, i els diners, no és que ens sobren, però tampoc són un problema, llavors, per què no ens casem?

-        I torna-li. T'ho he dit mil vegades. A poc a poc s’arriba al lloc. Cada cosa, al seu temps, perla.

-        És que ja va sent hora...

-        Bo, ja n’hi ha prou. O pares o me’n vaig a ma casa.

Llavors ella s'agarrava fort del seu braç i callava.

Altres vegades, estant en una boda, na Roseta aprofitava la conjuntura per a murmurar-li dolçament:

-        La pròxima, la nostra.

-        Ja veurem –responia ell, esquerp.

També provava punxant el seu amor propi.

-        Només quedem nosaltres.

-        I què?

-        No res. Això.

I un bon dia d'estiu, en Romeu es va armar de menuts, va baixar a la cabina, va fer cua, va discutir amb un espavilat, va odiar als que li precedien, i va telefonar a la seua, ara, núvia; allà en la serra.

-        Ens casem.

Ella va fer xisclets, va cridar sa mare, li va preguntar si era broma, li va llançar besos per l'auricular i altres mil bogeries que provocarien la rialla en qualsevol aliè a la situació. Ell va estar a punt de penjar, temorós que els que esperaven torn pogueren sentir-la, veure-la, imaginar-se els ridículs botets que, de segur, estava pegant, i les llàgrimes dels seus ulls enrogits per la sufocació i l'emoció desfermada.

Al començament de la tardor ja s'havia celebrat la boda. Al cap i a la fi, ella ho tenia tot disposat des de feia temps. I el que no estava previst, es va afanyar a resoldre-ho.

Ell mai no va donar explicacions a ningú del perquè de la seua sobtada decisió. Na Roseta tampoc no li les va demanar. Ni tan sols va pensar-hi.

-        Em va pegar per ahí –va dir als seus amics.

Només ell sabia que, aquell matí, en llevar-se, s'havia adonat que la seua alopècia començava a ser evident. Allò havia estat com una mena de revelació colpidora; s’ho havia pres com un símbol del destí, com un avís del temps cruel i despietat. Llavors es va fer, quasi a mode d’excusa, la reflexió següent:

-        També seria cas que el dia que més fotos van a fer-me de tota la meua vida, vaja a eixir amb el cap com una bombeta elèctrica.

No és, per tant, gratuït ni exagerat suposar que, de no haver-se donat l’esmentada circumstància, la situació de la parella podia haver-se perllongat sine die. Na Roseta mai no va arribar a sospitar que el seu destí havia d’estar tan lligat a la caiguda dels cabells.

D’altra banda, i a penes passats uns mesos, la pobra xicota va haver de desil·lusionar-se. El matrimoni no havia millorat el seu Romeu, com ella havia suposat.

Malgrat els seus afanys i cures, ell continuava sent esquerp, esquiu, i encara que no grosser, sí brusc.

Sovint telefonava sa mare:

-        He fet olla, com a tu t'agrada.

I ell agafava la porta i se’n anava a menjar-se el guisat a la casa paterna o, per millor dir, materna.

En certa manera, aquella continuava sent la seua llar. Allí passava llargues hores, menjant, descansant, o mirant la tele. Realitzava tasques de pastifa casolà, que sa mare li agraïa i lloava amb dolços i carantoines gairebé de iaia. Allí se sentia com un soldà. Tenia la seua habitació, amb el seu llit, el seu equip de música i la seua tauleta amb braser; tenia llibres, roba de carrer, pijama, plantofes i bata. Allí tot estava sempre a punt i al seu gust.

De fet, quan es referia a ella usava de dir “me'n vaig a casa”, o “hui dine en casa”. Mentre que, a la seua residència junt a la seua esposa la denominava amb la freda expressió “el pis”.

Na Roseta es va adonar molt prompte que tenia seriosa competència. Al principi va tractar de retraure-li-ho a ell. De res va servir. Després es va enfrontar directament a la seua sogra. Va ser pitjor: aquella li ho va contar al seu fill, ell es va posar fet un bou i no va aparèixer per casa (el pis, s'entén) en una setmana. Finalment es va resignar a ser la segona.

Van passar diversos anys sense que les coses milloraren, encara que tampoc va haver-hi escenes ni botons. Els dies s'encadenaven entre una tàcita acceptació de la situació i una expressa indiferència mútua. Les seues relacions eren correctes, fins i tot corteses, però del tot fredes.

Cert dia que en Romeu va veure una falca publicitària d'unes píndoles que s'anunciaven miraculoses contra la caiguda dels cabells en els hòmens, li va dir a la seua dona:

-        Compra'm tal producte.

I com que ella es va demorar uns dies, va optar per demanar-li-ho a sa mare. Aquella mateixa vesprada es va presentar la senyora amb les pastilles per al fill estimat.

La veritat és que, contra tot pronòstic, el tractament va començar a donar fruits. En Romeu estava recuperant la cabellera perdua.

            Una vesprada que feia sesta per un estofat de la seua mamà, es va posar a meditar.

-        Si aquest producte s'hagués inventat fa uns anys, tal vegada jo no m'haguera casat. També és mala sort, home. Tan bé que estàvem tots abans. No podria ser açò motiu d'anul·lació, o quelcom així?

Aquell mateix diumenge li ho va preguntar al seu amic Àlex, l'advocat, mentre esperaven que començara el partit en el canal de pagament. El picaplets, amb gest seriós, per tota resposta li va dir:

-        Has begut?

I així es va quedar la cosa.

Però el temps va continuar passant, i l'ambient domèstic cada vegada estava més enrarit. De manera que un bon dia en Romeu es va decidir a demanar-li el divorci a la seua esposa. Per descomptat, no li va donar raó dels seus vertaders motius. Na Rosa, que feia molt havia renunciat a arreglar allò, li va respondre:

-        Encantada de la vida.

Tan disposada es va mostrar que ell es va sentir una mica ofès i descol·locat. A punt va estar, per orgull, de fer-se arrere; tanmateix, el seu sentit pràctic es va imposar una vegada més.

Els tràmits van ser pesats i desagradables, però no llargs.

Una vegada consumada la ruptura, na Roseta va buscar-se ocupació i va marxar de la ciutat amb intenció d’encetar una nova vida. En Romeu, ben al contrari, es va quedar      –instal·lat a ca’ls pares– per tal de reprendre la seua, que havia interromput uns anys arrere per un estúpid problema capil·lar.

I així és com va tornar la felicitat, o almenys la calma, a tots els cors.

 

En fi, que el món està ple d'hòmens que es pensen que es casen amb sa mare.

Malauradament (és un dir), cada vegada hi ha menys dones disposades a casar-se amb un fill.


FI

Santiago Diaz i Cano

FUM

xacobo | 28 desembre, 2008 16:40

FUM
(Finalista a Premis Ciutat d'Igualada de Creació Artística -narrativa breu-, novembre 08)
 

            Era una vesprada infructuosa i estulta, com quasi totes les vesprades de diumenge; amb eixa sensació pastosa de les hores perdudes, inútils. Temps de deambular per casa, d'escarxofar-se en el sofà, de fer zapping, de mirar per la finestra ... Temps de sobra!
            Llavors, potser en un absurd intent més per cremar aquells minuts espessos, llefiscosos, quasi immòbils, la meua esposa va prendre la mistera i el paquet de tabac. 
            - No fumes –la vaig advertir.
            Com si no li hagués dit a ella, va començar a colpejar la capsa per fer eixir una cigarreta. 
            La meua dona i jo teníem un estúpid acord: quan estàvem junts, només podíem fumar per consentiment mutu. Se suposava que això ens havia d’ajudar a reduir el grau d’ingestió de quitrà, nicotina i altres toxines i verins. Tanmateix, sempre que era un servidor qui s’oposava, començava inevitablement una batalla dialèctica que solia acabar amb ella fumant i unes quantes hores sense parlar-nos.
            - No fumes –vaig repetir. Conscient que trepitjava terreny relliscós, li vaig donar a la frase un to amable i apocat, talment fos un bleda.
            I, amb el mateix estil:
            - Només una pipada –em va respondre ella.
            - Que no –vaig insistir, sense perdre les formes, però amb un xic més de duresa a la veu. 
            - Clar! Quan ets tu qui vol fumar, sí que fumem, sí ...
            Ja començava a alçar-me la veu, i l'argumentació era la de sempre. Veia vindre la tempesta i, per un instant, vaig estar a punt de dir-li “fes el que et vinga de gust”, amb actitud despectiva. Tanmateix, no vaig poder-me estar. De la meua boca va eixir una assossegada però ferma resposta:
            - Això és perquè tu sempre estàs disposada a fumar. Ja m'agradaria a mi que t’animares a dir que no més sovint.
            El conflicte estava servit. No hi havia marxa arrere possible. La nostra artilleria més pesant es va desplegar amb virulència incontrolable. Va ser com encendre dues traques alhora: les explosions se succeïen atropelladament, superposades, eixordadores. Entre tant de soroll es distingien vagament paraules soltes: retrets durs i grollers, qualificatius injustos, insults vulgars ... Certament, en alguns moments no sabia si eren meus o d'ella; ni si estàvem sols en l’habitació o si érem una legió d'energúmens enfollits; amb les motxilles ben carregades d'odis i rancúnies curosament acumulats durant llarg temps per a ser vomitats de colp en aquella inenarrable orgia de despropòsits, en aquella baralla suïcida de quissos rabiosos.
            - Gandul! Fracassat!
            - Drogoaddicta.
            - Em fas fàstic.
            I bla ..., bla ..., bla ...
            L'estrèpit va cessar amb la mateixa brusquedat violenta amb què havia començat.
            Semblava que hagués durat hores i, no obstant això, la vesprada continuava llanguint al seu ritme d'enterrament: en realitat, a penes havien passat uns minuts.
            Aquesta vegada el combat havia estat a mort: ni ferits ni presoners.
            Ens divorciàrem.
            Han transcorregut alguns anys ja, des d’aquella tarda infame, i encara no he estat capaç de reproduir el que va fer o dir cap dels dos des que va saltar la primera espurna. Només aldarull, confusió, fum ... 

            Fa uns dies me la vaig ensopegar pel carrer. La vaig trobar esplèndida. Segueix bella, amb aqueixa bellesa seua de sempre, enlluernadora i altiva.
            Ens saludàrem amb efusió i va convidar-me a un cafè. Vam seure i vam intercanviar els compliments de rigor. 
            Vaig oferir-li una cigarreta. 
            Es va somriure:
            - Gràcies, però ho he deixat.


FI
Santiago Diaz i Cano

A UNS CALÇOTETS (Desembre 08)

xacobo | 16 desembre, 2008 16:11

 

A UNS CALÇOTETS

(poema satíriconadalenc en versos escopits)



Tinc uns calçotets

D'allò més bufons

Però, sempre que els duc,

Haig vera impressió

Que algú s'ha escolat

Als meus pantalons

Per fer-me suar

Prement-me el collons (o d'aixons).



Aquest enemic

Sembla tan concret,

I és tal la passió

Que posa en el fet,

Que sovint jo crec


Ser la realitat

-No foll pensament

Que esclata en la ment

I dura un instant,

Que és llum d'un moment

I fuig com el llamp,

Que no saps si ve

I no saps si va-.



La força que fa

Me'l fa tan present

Que quan, finalment,

-Ja a casa- me'l trac,

Sent un torbament,

Vull plorar de goig,

Fer lloes al Cel,

Saltar com un boig.



Me'n vaig a pixar

I observe, astorat,

Al meu entrecuix

Aquells dos pinyols

Que l'intrús malnat

-Sense miraments

vers les meues parts-

Ha encongit de por,

Gairebé ha esclafat

-Com closques de nous

Que hagués de menjar-.



Els meus pobres ous!

En què haveu quedat?

Adés, grans i tous;

Ara, petits grans;

Simples garrofins,

Les pomes d'abans.

De lluir valents

Heu vingut covards.

De moure'm a orgull

Moveu-me a pietat.



Fotuts calçotets:

Van ser un regal

D'algú que no em vol

O algú que em vol mal.

Ací va un consell

Per si a un cas us val:

Fugiu dels presents

De Nits de Nadal!!!



Santiago Diaz i Cano

AMNÈSIA (Novembre 08)

xacobo | 22 novembre, 2008 12:43

AMNÈSIA

Guanyador al IX Concurs Literari de Narrativa Curta "Els Cinc Pins"

Sant Pere de Ribes (Garraf), Novembre 2008

            L'home que estima la seua esposa s'adreça a l'hospital, com cada dia, en sortir de treballar. Li du un ram de flors, com cada dia. I, com cada dia, preguntarà a les infermeres si ha hagut alguna novetat. També com cada dia, li respondran que res, que no hi ha cap millora, que tot segueix igual; però que s'ho mire pel costat bo, que això significa que tampoc no ha empitjorat, que siga positiu. Llavors ell dirà que sí, que una altra cosa no però, justament positiu, ja ho és, ja.


            Té la dona en coma des que, un divendres maleït de fa gairebé dos anys, va patir un greu accident de trànsit. Un tanoca que anava al volant parlant pel mòbil es va botar un stop i se la ve endur per davant, la va enxampar de ple, li va destrossar el cos i li esvaí la consciència.


            Els metges li han dit sovint que la situació pot allargar-se indefinidament, que tan probable és que desperte demà mateix com que no ho faça mai més; però que siga optimista, que no perda l'esperança. Ell afirma categòric que sí, que una altra cosa no però, justament l'esperança, no la perd mai.


            També li han explicat -perquè han de ser honestos i explicar-li tots aquests extrems- que si revinguera, tal volta patiria d'amnèsia, més o menys parcial, més o menys important -això sempre és difícil de predir-; que caldria reeducar-la, començar de zero en moltes coses; l'animen a agafar-s'ho com un nou inici, com un repte. L'home que estima la seua esposa els respon sempre que és clar, que, una altra cosa no però, justament els reptes, l'engresquen d'allò més.


            Durant les visites li parla de les foteses del dia, com quan era sana i l'esperava a casa amb el sopar a punt. També li diu com se l'estima, i les coses que faran ara quan torne del llimbs on s'ha enfilat per culpa del llonze aquell que anava al volant parlant pel mòbil. De vegades, quan li amolla alguna tendresa, té la veritable sensació que el cos d'ella fremeix una mica, que la respiració assistida s'accelera lleument, com si li agraïra el detall, com si li reponguera un jo també sense paraules.


            El personal del centre hospitalari se'l mira amb una certa simpatia solidària bastida majorment en la pena. I desitgen, sense excepció, que aviat arribe el jorn en que ambdós puguen eixir per la porta cap a les seues vides d'abans.


            Una bon dia, mentre ell li està recitant en què ha gastat la jornada laboral, la dona obri els ulls. Fa cara d'espant, sembla no capir la situació, voler rumiar-se de colp tot el que en dos anys llargs no s'ha pogut rumiar. Tal volta, com li havien advertit els metges, no recorda res: no sap on és, ni què fa allí, ni qui és aquell home que se la mira amb aquesta cara de bleda; tal volta no sap ni qui és ella, tampoc. Llavors la dona esbossa l'ombra d'un somriure, un gest indefinit, ambigu i gairebé imperceptible.

            L'home que estima la seua esposa s'emociona encara pus, comença a cridar les infermeres, s'abalança sobre la muller, li fa petons sorollosos i frenètics amb la infantil alegria d'un boig inofensiu.

            En uns segons l'habitació es converteix en un desori, en un batibull de gent, de xiscles i d'emocions. Un metge practica rudimentàries proves de reflexos, fa una ullada a les nines, li pren el pols...

            Després se la enduen amb una urgència innecessària, gairebé còmica, envoltada d'un seguici de personal sanitari de totes les categories i rangs. La llitera sembla un cotxe presidencial fugint d'un atemptat, un bòlid en plena cursa per un circuit urbà -les blanquinoses resplendors dels neons escopint al seu pas un baf de llum impersonal i asèptica-.

            L'home diu adéu amb un moviment de la mà com qui s'acomiada d'un tren de soldats que van al front -un tel de llàgrimes sobre els ulls de marit enamorat-. La dona encara no ha dit ni pruna. Només sembla capaç d'esbatanar els ulls, cada vegada més; tant, que fa por que els globus oculars li puguen caure de les òrbites per falta del suport de les parpelles.


            Hores més tard, l'home que estima la seua esposa rep la visita d'un metge. Li diu que la dona està perfectament; una mica embalbida pel temps que ha passat immòbil, un xic astorada per tot plegat... en fi, coses normals i sense major importància. Ah! I que manté una formidable lucidesa mental, que ho recorda tot. Tot! No sembla haver-hi perill d'amnèsia, doncs. Aviat la veurà i podran parlar de les seues coses; ara, però, cal deixar-la descansar.

            Són unes notícies magnífiques. En uns dies podran marxar a casa, com si res haguera succeït; reprendre la seu vida just allà on l'havien deixada. D'un llamp queden colgades les angúnies dels darrers trenta mesos i, més encara, les d'aquestes últimes hores. L'home que estima la seua esposa torna a plorar, ara a doll, ara d'alegria.


            L'endemà, en despertar ella, se'l troba a l'espona del llit, subjectant-li la mà entre les seues. Ha sol·licitat permís en la feina per poder estar al seu costat, per no perdre's l'instant en que obriria els ulls definitivament al futur que els espera. Parlen de coses sense substància, al principi -és normal, després de força temps-. Mes aviat s'endinsen per viaranys més profunds, amb franquesa i confiança -tants anys junts, ja s'entén-. Aleshores, mentre ella li explica amb quanta nitidesa recorda el passat: el piset miserable, l'utilitari atrotinat ... l'home que estima la seua esposa es pregunta com mirar-s'ho pel costat bo, allò; com fer per ser positiu, ara ... les jornades de treball de dotze hores -ella tota sola a casa sense res a fer-, els caps de setmana avorridament repetitius i pansits, les seues afeccions ridícules ... on trobar l'optimisme necessari; on dipositar l'esperança que cal no perdre ... que ja no se l'estimava; que, fins i tot, havia arribat a fer-li fàstic ... quina mena de nou inici era aquell; de quina manera podria agafar-s'ho tot plegat com un repte ... que, precisament el dia que l'atropellaren, es dirigia a un hostal dels afores on, de feia temps, es trobava amb els seu cap i ‘millor amic' per cardar amb brutal ferocitat ...


            Per això quan, dies més tard, la dona surt de casa amb dues maletes i un petit farcell a la mà, l'home que estima la seua esposa es queda enfonsat a la butaca, demanant-se per què passava precisament allò, i precisament a ell; per què dimonis ella no s'havia despertat amb amnèsia, una amnèsia dissolvent, absoluta; amb l'amnèsia més grossa i salvatge que puga existir.



Santiago Diaz i Cano

T'ADONES?, COMPANY (octubre 03)

xacobo | 27 octubre, 2008 16:42

 
T'ADONES?, COMPANY

 

(Article publicat al periòdic-pamflet L'Escurçó i Co, octubre 2003)


           Demane disculpes per avançat a sabuts i saberuts. Sé que molta de la informació que vaig a donar és minsa, incompleta i superficial. Sé que molts la consideraran ofensiva per òbvia. Però sé que molts més no en tindran ni idea d'allò que se'ls està dient.

           Potser part de les coses que llegireu pequen d'inexactes o fins i tot d'incorrectes, però, com el lector avesat notarà, això no fa més que refermar l'argument fonamental de l'escrit.

           En qualsevol cas, gràcies per la vostra indulgència.

*****

           El 9 d'Octubre és el dia nacional (?) del País Valencià. En aquesta data es commemora la conquesta de València, fa ja prop de vuit-cents anys, pel rei Jaume I, aleshores monarca de la Corona d'Aragó, l'equivalent de les actuals Comunitats Autònomes de Catalunya, Balears, Aragó i València (més o menys).

           Si les seues guerres de reconquesta van estar moralment justificades, van ser inevitables, conseqüència indefugible del destí i la necessitat, o bé van ser fruit de l'ambició i la seducció de la força; si era un home just, ponderat, tolerant i generós o pel contrari una rabosa mesquina, arbitrària i prepotent (un Bush de l'època, vaja), és qüestió que deixarem per a millor ocasió.

           El ben cert és que de fa molt temps (potser segles) la figura del Conqueridor ha suposat per als valencians (almenys per als valencianistes) un símbol d'independència, una icona (potser l'única generalment acceptada) per representar-nos com a poble.

           Doncs bé, darrer 9 d'octubre, com ja ve sent habitual, els de sempre es van mudar tal que si marxaren cap a missa de diumenge (o potser hi anaven?) i van treure en processó (cívica, li diuen) la senyera de la discòrdia. També com sempre, es van arribar fins a l'estàtua del rei en Jaume (ert el cos, damunt el cavall) al Parterre de la capital. Malgrat la rigidesa del bronze, em va semblar que la figura eqüestre s'arrufava un tant de celles i se'ls mirava amb estranyesa, com volent dir "qui són, aquesta gent, i d'on s'han tret aquest drap?". A més, amb el seu braç estès feia tot l'efecte que els indicara per on se'n podien tornar. Però ells no ho notaren; ja en tenien prou preocupant-se d'eixir amb bona cara i bon llustre a la TVV.

           Vaig recordar que, en la meua última visita a El Corte Inglés, havia descobert una figura d'allò més curiosa: com una mena de clàssic soldadet de plom, a la secció de regals i complements, el rei Jaume I (?), a peu, sostenia amb fermesa la senyera tricolor.

           Ignorància? Burla? Sincretisme a la valenciana?

           Tal volta caldria aclarir ara (què trist!) que el Conqueridor va cavalcar sempre sota el penó de les quatre barres, i amb ell va prendre les terres de València (i d'altres) als musulmans, que la senyera blavosa va nàixer bastant després de la mort del rei en Jaume, que la famosa franja blava fou una distinció envers només algunes ciutats del Regne (cert que d'importants) per la seua lleialtat a la Corona, etc.

           Alguns diran que no paga la pena tindre picabaralles per símbols ni estendards. Hi estic d'acord. Però supose que si la gent s'enfronta no és pel símbol, sinó pel que representa.

           Per altra banda, no sé de què m'estranye en un País on la meitat de les seues gents es pensen (si és que es pensen alguna cosa) que València va sorgir del no res el cinquè dia de la Creació, amb la senyera, les falles, la paella i les taronges.

*****

            Potser res del que s'ha dit fins ací tinga massa importància, o potser sí.
            Però mentre siga necessari aclarir perquè hi ha estàtues del rei Jaume a les nostres ciutats, mentre la majoria dels valencians, joves i grans, ignoren què va ser i significar el compromís de Casp, o què va passar amb allò de les Germanies, o que els Borgia foren en realitat els Borja, què va suposar l'expulsió dels moriscos per a València, què eren els Furs i quines conseqüències va tindre la Batalla d'Almansa, de què anava allò de la Renaixença, com va ser la II República i la guerra civil i la repressió franquista a les nostres terres, com es va fer la transició al País Valencià i quins fils van moure la Batalla de València, mentre no se sàpiga pronunciar correctament el nom de poetes tan grans i universals com Ausiàs March o Roíç de Corella ni al seu propi poble, mentre funcionaris de tota mena (fins i tot de l'ensenyament o la televisió) s'estiguen al seu lloc de treball sense tindre idea de valencià ni intenció d'aprendre'n, mentre els propis governants en facen un ús esporàdic, irrespectuós i barroer ... mentre totes eixes (i moltes altres), aquests actes oficials del 9 d'octubre tindran bastant més d'enterrament que no pas de celebració, i no deixaran de fer-me la impressió d'una grotesca barreja entre desfilada fallera i litúrgia nacional-catòlica, al pur estil dels anys més obscurs del franquisme més esplendent.

           Fa bastant temps, Raimon va escriure una cançó "...T'adones?, company, que fa ja molts anys que ens amaguen la Història, i ens diuen que no en tenim; que la nostra és la d'ells...". Ben mirat, no sembla, veritablement, que fos ahir?

*****

            Però no només del passat viu l'home. Aleshores, què tenim a dia de hui?
            "...Ara volen el futur, a poc a poc, dia a dia, nit a nit..." continuava la cançó.

            Mentre les grans vies de comunicació cap a Múrcia o Madrid es financien amb impostos i les que van cap a Catalunya se les pague l'usuari, o mentre la TVV s'estime més coproduir programes infumables amb altres autonòmiques que arribar a acords per compartir experiències i/o programació de qualitat amb TV3, etc., etc., estarem en les mateixes, sols que cada vegada pitjor.

*****

            L'última estrofa deia, "...T'adones?, company, que hem de sortir al carrer: junts, molts, quants més, millor, si no volem perdre-ho tot..."

            El nostre País porta cinc-cents anys diluint-se (lentament) en la globalitat d'Espanya i uns vint diluint-se (a tota velocitat) en la globalitat del món.

            O comencem ja a exigir als nostres polítics (i a nosaltres mateixos) menys actes protocol·laris i més empenta i idees pròpies, o més val que ho deixem córrer per sempre.

            RIP.

*****

            T'adones?, company...

«anterior   1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 ... 30 31 32  següent»
 
Accessible and Valid XHTML 1.0 Strict and CSS
Amb motor LifeType - Disseny de BalearWeb